Al 93% de las personas les duele la cabeza alguna vez a lo largo de su vida, no es una experiencia anormal; sin embargo, sólo se cronifica en un 12%

Si llevas años con migraña, seguro que en algún momento te has preguntado si realmente "tienes" algo, en el sentido médico de la palabra, o si simplemente te toca aprender a convivir con ello. La respuesta corta es que, en la mayoría de los casos, la migraña no cumple con lo que la medicina entiende por "enfermedad" — y esa distinción, lejos de ser un matiz académico, es la que marca cómo se puede tratar de verdad.
Cuando hablamos de una enfermedad, normalmente nos referimos a un proceso con una causa identificable, un mecanismo que puede observarse (una lesión, una infección, una alteración medible) y una evolución más o menos previsible. Es lo que ocurre con una gripe, una fractura o un tumor: hay algo localizable que explica el síntoma y que, tratado, tiende a resolverse o progresar de forma conocida.
La migraña no encaja bien en ese molde. No hay una lesión que la sostenga, ninguna prueba de imagen la confirma y su evolución no sigue el patrón de una enfermedad que avanza — puede desaparecer semanas y reaparecer sin que haya cambiado nada objetivable en el cuerpo. Por eso cada vez más profesionales prefieren hablar de ella como un trastorno funcional o una alteración en el modo en que el sistema nervioso procesa ciertos estímulos, más que como una enfermedad en el sentido estricto.
Una forma sencilla de entenderlo: el cerebro es como un amplificador de guitarra. El amplificador no decide tocar una nota por su cuenta, pero sin él tampoco habría sonido. De forma parecida, tu cerebro no "fabrica" la migraña de la nada, pero sí es la estructura que permite que un estímulo —estrés, cambios de rutina, ciertos alimentos, alteraciones del sueño— se traduzca en un episodio de dolor intenso.
Esto explica algo que muchas personas con migraña notan pero no saben nombrar: el estrés aparece de forma muy recurrente como el principal desencadenante. Según una encuesta de la asociación de pacientes Aemice recogida en prensa, en torno al 78% de las personas con migraña señalan el estrés como su principal disparador. Eso no es casualidad: el estrés es precisamente uno de los estados que más "abre la puerta" a que el cerebro dispare la respuesta de dolor.
Si no hay una lesión que lo explique, ¿por qué duele tanto y con tanta frecuencia? La clave está en que el cerebro puede aprender a repetir un patrón de dolor una vez lo ha activado varias veces, igual que aprende cualquier otro hábito. Ese aprendizaje es lo que convierte un dolor de cabeza puntual en una migraña recurrente y, en algunos casos, crónica.
Esto es importante y quiero dejarlo muy claro: decir que la migraña no es una enfermedad en el sentido médico clásico no significa que el dolor esté inventado, exagerado o que "sea cosa tuya". El dolor que sientes es completamente real y así se vive en el cuerpo. Lo que cambia no es la intensidad ni la legitimidad del síntoma, sino dónde hay que buscar la solución: no en curar una lesión que no existe, sino en modificar la dinámica que mantiene activa la respuesta de dolor.
Esta distinción, lejos de invalidar lo que sientes, suele ser la primera buena noticia para quien lleva años buscando una causa médica que nunca termina de aparecer.
Si la migraña fuera una enfermedad en sentido estricto, el objetivo sería "curarla": eliminar su causa. Pero si es, como todo apunta, una alarma que el cerebro ha aprendido a disparar, el objetivo deja de ser curar y pasa a ser desactivar ese mecanismo de alarma — un enfoque distinto, más parecido a reprogramar una respuesta aprendida que a tratar una dolencia.
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