
Cuando un padre o una madre entra por la puerta de mi consulta en Bilbao con un diagnóstico de TDAH bajo el brazo, trae también una mochila llena de frustración, cansancio y dudas, muchas dudas. No es para menos. Lleváis meses, quizá años, en un mar de incertidumbres: “no se centra, molesta en clase, pasa de todo, igual es hiperactivo, igual tiene déficit de atención (o los dos), busca alguien que le diagnostique, igual hay que medicarlo…”
Como psicólogo clínico especializado en Terapia Breve Estratégica, mi labor es decirte qué sabemos exactamente sobre el TDAH, para conseguir que tu hijo esté bien y pueda hacer su proyecto de vida. Algo que no viene en pastilla y que se consigue yendo más allá de las etiquetas, con una intervención que debe involucrar a los padres y al colegio.
El TDAH es un diagnóstico de esos que se llaman “tautológico”: tiene TDAH porque se mueve mucho y no atiende, y se mueve mucho y no atiende porque tiene TDAH. Esto es, una etiqueta circular que nos devuelve al punto de partida y no aporta ni causa, ni un pronóstico, ni un tratamiento eficaz.
Para empezar a ver qué es el Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad, primero te voy a decir lo que no es: no es una enfermedad cerebral que se cura con fármacos.
A día de hoy no hay pruebas fiables o válidas, psicológicas, médicas, biológicas o neurológicas que permitan de forma concluyente distinguir entre niños que tienen TDAH y niños que no. No hay evidencia que lo establezca como trastorno, enfermedad o condición crónica. Repito: no hay ninguna evidencia.
De hecho, el TDAH no fue un descubrimiento, y no tiene nada que ver con haber encontrado una avería en el cerebro de estos niños. Muy al contrario, tiene su origen en la carrera espacial entre Rusia y EE.UU durante la guerra fría. Has leído bien, tiene origen en un conflicto político, no en un hallazgo científico. En aquella época, Rusia tomó la delantera con el primer Sputnik, que significa satélite y fue el primer satélite artificial de la historia. Algo que gustó más bien poco a los EE.UU, porque era un retraso respecto a su archienemigo. Así que el gobierno empezó a presionar al sistema educativo para mejorar los resultados y ponerse a la altura de Rusia. En este contexto, los educadores de aquel tiempo empezaron a ver a los niños movidos, los niños de toda la vida, como un lastre para la creación de los genios que su gobierno les exigía, y se empezaron a patologizar comportamientos infantiles normales de toda la vida.

De hecho, en la mayoría de casos, estamos etiquetando y medicando conductas infantiles normales propias de la edad, pero descontextualizadas al verlas desde el prisma de la enfermedad. Por ejemplo, una niña nacida en diciembre tiene un 70% más de probabilidades de ser diagnosticada de TDAH que otra nacida en enero. Una mera cuestión de madurez. Todas las conductas asociadas con el diagnóstico de TDAH, eso que se conoce como síntomas desde una perspectiva médica, son en su mayoría comportamientos comunes de niños sanos, que a menudo se explican por un ritmo en el desarrollo madurativo más lento, que no supone enfermedad alguna.
En TDAH no hay patrones específicos que permitan un diagnóstico claro, ni cerebrales ni conductuales. De hecho, si el TDAH tuviera una causa genética o una base neurofisiológica específica, no sería un problema psicológico o psiquiátrico; pasaría a depender de la especialidad médica a la que correspondiera la enfermedad, que sigue en paradero desconocido.

El cerebro de tu hijo es absolutamente normal, porque nadie ha encontrado nada averiado en el cerebro de un niño diagnosticado de TDAH por más que se haya buscado. De los datos encontrados en el cerebro de un TDAH no se puede deducir el TDAH; se deduce porque el investigador ya tiene el diagnóstico de TDAH, hecho a partir de su comportamiento, no de sus neuronas. Lo que se encuentra en los cerebros estudiados, su neurobiología, es tan diversa que no hay manera de encontrar un patrón que distinga a los cerebros con TDAH de los “normales”.
El cerebro no es un órgano autónomo que llevamos ahí dentro y que hace cosas por su cuenta. El funcionamiento del cerebro depende del entorno, porque evolucionó para ponernos en contacto con él. El problema no está en el cerebro de tu hijo, está en su relación con el entorno. De hecho, es más coherente hablar de la conducta como organizadora del cerebro que del cerebro como organizador de la conducta. La conducta es la que activa el cerebro de una determinada manera, y no como órgano creador sino como mediador.
De la misma forma, no se ha conseguido identificar los genes que estarían implicados en el TDAH, de hecho cuanto más se investiga la genética del TDAH, más se pone de manifiesto la importancia del ambiente.
Desde la psicología clínica, observamos que las dificultades de tu hijo (impulsividad, actuar sin pensar…) que tantos conflictos genera en el entorno escolar y familiar, se dan en un contexto, en un mundo al que tu hijo tiene que aprender a adaptarse, no en su cerebro. Todos tenemos la capacidad de atender, de parar y de reflexionar, pero tenemos que entrenarla. El reto no es curar una enfermedad que nadie ha encontrado, es darles herramientas para que aprendan a relacionarse con el mundo de otra forma.
En la sección de niños y adolescencia de nuestra web, solemos incidir en que diagnosticar a niños no suele ser un buen negocio, porque, por ejemplo, el diagnóstico de TDAH con frecuencia se convierte en un carnet para hacer lo que le da la gana. Si le tratas como un niño con TDAH, tendrás un niño con TDAH; si le tratas como un niño normal que tiene que aprender ciertas habilidades, tendrás un niño normal.

La medicación para el TDAH es uno de los puntos más controvertidos; como para no serlo: estamos medicando a niños con estimulantes, sin que se haya encontrado algo que lo justifique.
Esto se basa en una falacia que tiene nombre raro: ex juvantibus, que se define como deducir la causa de un problema de aquello que ayuda a aliviarlo. Es como si dijéramos que el dolor de cabeza se debe a la falta de ácido acetilsalicílico porque la aspirina lo alivia. El tratamiento farmacológico para el TDAH (estimulantes), tiene el mismo efecto en todo el mundo, porque cualquier persona que los tome tendrá el mismo efecto, no corrige ningún desequilibrio neuroquímico. Es un dopaje, no un tratamiento.
Como ejemplo curioso de esto, podemos citar el origen del fármaco usado para el tratamiento del TDAH conocido como “Ritalin”, nombre que no alude al neurotransmisor causante del TDAH, ese sigue en paradero desconocido; viene de Rita, la mujer del químico italiano Leandro Panizzon, el paisano que sintetizó por vez primera el preparado trabajando para un laboratorio suizo: CIBA. El tema es que el bueno de Leandro no estaba buscando la cura del TDAH, no; andaba buscando algo bien distinto: “una anfetamina no muy adictiva que aumentara la energía de Margarita, mejorara su concentración para jugar al tenis, y de paso adelgazara su cintura”.
Y esto puede estar bien, pero tiene poco que ver con la causa del TDAH. De hecho, el Ritalin tiene el mismo efecto en cualquier persona, no corrige ningún desequilibrio neuroquímico. Dopaje, no tratamiento. El TDAH, en todo caso, podría ser la dificultad de un niño para manejarse en el mundo, que no es causado por un desequilibrio neuroquímico. Lo del desqulibrio y su tratamiento para reequilibrio es cosa del marketing que las compañías farmacéuticas han hecho muy bien; no de la ciencia.
En “casos graves” puede ser una ayuda, bien; pero no perdamos de vista que es un dopaje, como el de Margarita. El ensayo clínico de Tratamiento Multimodal (MTA), el más largo que se ha hecho (16 años de seguimiento a 258 niños diagnosticados de TDAH), muestra que a los 2 años el grupo que más mejora es el de medicación. A los 8 años los medicados ya no tenían mejor desempeño que los no medicados a pesar de incrementar la medicación un promedio de un 41%. La medicación, a largo plazo no reduce los síntomas y tiene efectos secundarios como la reducción de la altura, porque los niños medicados con estimulantes, son adultos más bajitos.
En Bilbao, donde la practicidad es un grado, el enfoque estratégico encaja de maravilla. A diferencia de otras corrientes que se centran en buscar el origen del trauma o en largos análisis del pasado, aquí nos preguntamos: ¿Cómo funciona el problema a día de hoy?, ¿qué estamos haciendo para intentar solucionarlo?, ¿está mejorando?. Es lo que llamamos las soluciones intentadas: aquello que la persona o las personas de alrededor hacen para solucionar el problema que, lejos de solucionarlo lo empeora cada vez más.
Una de las soluciones intentadas más frecuente es llevar al niño al psicólogo, pensando que es lo mejor; sin embargo, perdemos de vista que la mejor ayuda que puede recibir un niño, siempre es la que viene de sus padres. Cuando le llevas al psicólogo, el problema tiende a coger más entidad, y hace que el niño tome conciencia de que tiene un problema, algo que no ayuda precisamente. Además, si el psicólogo resuelve el problema, se convierte en su referente, algo que no facilita vuestra labor como educadores. Por tanto, aunque pueda parecer raro, con frecuencia es mejor hacer la terapia con los padres que directamente con el niño.
Por eso, desde la terapia estratégica, nos basamos en el enfoque de ayudar a los padres a ayudar a los hijos, convirtiendo a los padres en coterapéutas. Por ejemplo, cuando los padres ayudan a los hijos a hacer los deberes, por un lado le ayudan pero por otro le mandan un mensaje sivilino: "te ayudo porque tú solo no puedes", algo que minará su autonomía y su autoestima. La terapia estratégica busca ayudar a los padres a romper estos círculos viciosos. En lugar de dar sermones que el niño ya ha dejado de escuchar, diseñamos pequeñas tareas o cambios en la comunicación que provocan una reacción distinta. Se trata de ser más inteligentes que el síntoma, usando estrategias que ayuden al niño a autorregularse, y a que los padres recuperen una sana jerarquía que les permita educar.
Esta metodología es especialmente útil en la adolescencia, una etapa donde la rebeldía se mezcla con los síntomas del TDAH creando un cóctel explosivo. Si quieres profundizar en cómo manejamos estas crisis evolutivas, te recomiendo echar un vistazo a nuestro trabajo sobre terapia para adolescentes, donde el objetivo es recuperar la jerarquía familiar desde el respeto y la eficacia, no desde el grito o el castigo vacío.
Gestionar la convivencia con un niño con comportamientos de TDAH requiere un mapa claro: saber qué tienes que hacer y qué no, porque el tratamiento de TDAH no viene en pastilla: tiene que ver con un entrenamiento para profesores y padres que fomente las habilidades que necesitan los niños (autorregulación, entender las normas sociales, autocontrol…), y la creación de contextos que le ayuden a comportarse como queremos. Tenemos que aprender a premiar buenos comportamientos mientras tratamos de no reforzar los malos, algo que hacemos fácilmente y sin darnos cuenta cuando les prestamos atención. El objetivo es dejar de focalizarse en las conductas malas, que nos hace entrar en bucle con ellas, para fomentar valores y cualidades como la responsabilidad, el autocontrol y la cooperación, premiando comportamientos concretos que supongan esfuerzo, cooperación, responsabilidad, esperar… y no generalidades del niño (que bueno eres…). Poniendo reglas claras y consecuencias cuando hace lo que no debe.
Aquí os dejo cuatro pilares fundamentales para mejorar la dinámica en el hogar:
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Cuantas más reglas pones, más fácil es que te las saltes y que acaben todas en papel mojado. Tú ya sabes cuales son los focos de conflicto: comidas, duchas, hora de ir a dormir, deberes, orden… sean cuales sean, tu objetivo es regular esas parcelas problemáticas concretas con reglas y consecuencias claras.
02
El TDAH es un problema con el mundo, no del cerebro. Los niños movidos tienen que aprender a bajar revoluciones, y una de las reglas más efectivas es obligarles a acabar lo que empiezan, porque de lo contrario van por el mundo como pollo sin cabeza. El sistema nervioso funciona en total coherencia con el comportamiento; si cambias su comportamiento, cambias cómo responde su sistema nervioso.
03
Dependiendo de la edad del niño se puede plantear como un juego o como una tarea: ¿a que no eres capaz de estar 5 minutos sin moverte? Se puede empezar por 5 minutos cada hora para ir aumentando a medida que tolera mejor estar quieto. La hiperactividad o la falta de atención se puede entrenar, no es una enfermedad.
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Por ejemplo, a partir de cierta edad le puedes dar más autonomía con el teléfono móvil: “voy a dejar que seas tú quién decida el tiempo que estás con el móvil; si veo que no haces tus tareas, ni estudias… porque estás todo el tiempo con él, me estarás demostrando que aún no eres lo suficientemente maduro como para manejarlo y tendré que regular yo el tiempo que pasas con él”. Al poner a prueba su madurez dándole un voto de confianza, tiende a esforzarse en hacerlo mejor.

En muchos casos, las conductas asociadas al TDAH se pueden solucionar en la colaboración entre padres y educadores, aplicando la forma correcta de solucionar los problemas. No podemos olvidar que un niño pasa la mayor parte de su día en un entorno que, por definición, es lo más opuesto a su naturaleza: sentado, quieto y escuchando. El sistema educativo funciona muy bien para aquellos alumnos que encajan en el sistema; muy mal para aquellos que tienen alguna dificultad para encajar, y eso genera un estrés añadido para las familias de Bilbao que ven cómo sus hijos se quedan atrás a pesar de tener una inteligencia normal o superior.
Es vital establecer una comunicación fluida con los orientadores y profesores. No se trata de pedir privilegios, sino de trabajar en equipo para ayudarle a mejorar. A veces, prescripciones sencillas y fáciles de llevar a cabo, pueden ser la clave para una buena adaptación. Como psicólogo, mi función también incluye orientaros en este proceso de mediación para que la escuela sea un aliado y no un campo de batalla.
Si sospechas que las dificultades académicas están derivando en otros problemas, como la ansiedad o el aislamiento social, es fundamental intervenir a tiempo. En nuestra consulta tratamos estos casos con una visión integral, asegurándonos de que el niño no pierda la confianza en sus propias capacidades de aprendizaje.
Para terminar esta reflexión, quiero invitaros a cambiar el foco. Se habla mucho de lo que el niño con TDAH "no hace", pero muy poco de lo que "sí hace" de forma excepcional. Suelen ser niños con una gran empatía, con un sentido de la justicia muy agudo y una capacidad de entusiasmarse por lo que les gusta, que ya querríamos muchos adultos.

Ese entusiasmo es su superpoder. El nadador Michael Phelps, ganador de 28 medallas olímpicas, es uno de los ejemplos más claros de cómo el TDAH puede ser un motor si se canaliza bien. De niño le dijeron que nunca llegaría a concentrarse en nada, pero él mismo reconoce: "Una vez que encontré algo que me gustaba, fue mucho más fácil concentrarme y seguir adelante". Él ya tenía la capacidad de centrarse, sólo tenía que encontrar su piscina; nuestro trabajo es ayudar a vuestro hijo a encontrar la suya de forma que encauce esa forma de estar en el mundo.
Cuando un niño con TDAH encuentra algo que le apasiona, entra en un estado de hiperfoco donde es capaz de aprender y producir mucho más que el resto. Eso que a veces pasa espontáneamente al encontrar el deporte, el arte o la tecnología que le apasiona, tenemos que construirlo en su vida diaria. Ese es el tratamiento más eficaz para el TDAH.

Muchos padres esperan a que el problema sea insostenible para llamar a la consulta. Sin embargo, en la psicología clínica estratégica sabemos que cuanto antes intervengamos, más fácil será desactivar los círculos viciosos. No se trata de esperar a que haya un "incendio", sino de aprender a manejar las chispas. Si notáis que las soluciones que intentáis en casa (castigos, premios, sermones, horarios) ya no funcionan o incluso empeoran las cosas, es el momento.
También es buena idea buscar apoyo si percibes que la autoestima de tu hijo está desapareciendo. Ver que "no llega", que siempre le riñen o que sus compañeros avanzan más rápido puede dejar una huella emocional profunda. La intervención profesional no solo sirve para mejorar el comportamiento, sino para proteger la salud emocional de toda la familia.
Para facilitar este proceso, trabajamos de dos maneras. Si estás cerca, podemos vernos de forma presencial en mi consulta en el centro de Bilbao, donde creamos un espacio seguro para trabajar juntos. Si por logística, horarios o distancia prefieres la comodidad de tu casa, la psicología online ofrece exactamente la misma eficacia. La Terapia Breve Estratégica se adapta perfectamente a la pantalla, permitiéndonos realizar las sesiones con la misma cercanía y resultados, sin que el desplazamiento sea una barrera para ayudar a vuestro hijo.
No podemos hablar de enfermedad, así que no hay una "cura" como tal. Hemos de tener en cuenta que el mundo actual es hiperactivo: invita a la prisa y a la inmediatez. Por ejemplo, en la edad media había un sólo reloj en el pueblo que ni siquiera marcaba los minutos. En aquel contexto no era fácil ser hiperactivo porque el ritmo de vida era mucho más relajado. Con la intervención adecuada y la maduración del cerebro, la gran mayoría de los niños aprenden a regularse y a relacionarse con el mundo de una forma más pausada. El objetivo de la terapia es que el niño adquiera esas herramientas de autorregulación lo antes posible para que no limite su futuro.
Rotundamente no. La medicación es una herramienta que puede ayudar en casos muy severos para reducir la impulsividad y mejorar la concentración, pero nunca debería ser la única intervención. En nuestra consulta de Bilbao priorizamos el trabajo conductual y estratégico. Muchos niños logran avances espectaculares cambiando las dinámicas familiares y escolares sin necesidad de fármacos. La decisión siempre es personalizada y debe tomarse valorando pros y contras con especialistas. En todo caso es una herramienta más para usarla en casos que lo requieren, no un tratamiento que cure. No hay nada que curar.
Recibo muchas llamadas de padres para saber si hago pruebas para diagnosticar TDAH. La respuesta es no. Sencillamente porque no hay forma de establecer un diagnóstico de TDAH claro, salvo en casos muy graves. Además ni siquiera es un diagnóstico, es una etiqueta vacía que no aporta ni una causa, ni un pronóstico ni un tratamiento eficaz. Sólo vale para estigmatizar a tu hijo. Ponerle la etiqueta de TDAH es una buena manera de dificultarle una vida ya de por sí difícil.
Porque tu hijo ya es capaz de comportarse como debe cuando algo le interesa. La cuestión es expandirlo a otros contextos, Los niños diagnosticados de TDAH ya tienen la capacidad de hacer lo que se les pide, necesitan un entrenamiento y un entorno que les ayude a mejor esa capacidad.
Cuando veáis que tiene problemas, no dejarlo mucho. Incluso podéis consultar sin que él lo sepa para no hacer demasiado ruido. No hace falta esperar a que haya un fracaso escolar estrepitoso o que la convivencia en casa sea insoportable. Una intervención temprana evita que sus problemas se enquisten. Si notáis que las estrategias que habéis probado hasta ahora no funcionan, es el momento de buscar un enfoque profesional que os dé soluciones nuevas y eficaces.
No permitas que el TDAH se convierta en el único protagonista de vuestra vida familiar. Si buscas un enfoque práctico y centrado en soluciones aquí en Bilbao para recuperar la armonía en casa, estoy aquí para ayudaros.
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