La pubalgia es un problema de dolor que puede llegar a ser muy limitante y afectar de forma intensa a la vida diaria. Aunque en algunos casos se busca una causa física concreta, en muchas personas el dolor persiste durante meses o años sin que las pruebas médicas logren identificar una lesión clara que justifique los síntomas.
Esto obliga a mirar más allá del diagnóstico puramente orgánico y a entender cómo se ha ido construyendo el problema: qué duele, desde cuándo, cómo empezó, qué pruebas se han hecho, qué tratamientos se han intentado y, sobre todo, qué relación tiene la persona con esa zona del cuerpo.
En este artículo voy a explicarte qué es la pubalgia, cuáles son sus síntomas más habituales, por qué puede cronificarse y cómo abordar su tratamiento desde una perspectiva conservadora. Al final encontrarás además un caso real que muestra cómo se puede mantener el dolor incluso cuando no existe una lesión clara que lo explique, y cómo se solucionó.

Cuando hablamos de pubalgia, nos referimos a un dolor localizado en la región púbica, pélvica o perineal que puede extenderse a zonas cercanas y generar una gran limitación en quien lo padece.
En algunos casos se ha relacionado con la posibilidad de un atrapamiento del nervio pudendo, una hipótesis descrita por primera vez por el neurólogo francés Gérard Amarenco en 1987 en un ciclista. Sin embargo, en la práctica clínica, la mayoría de las veces el diagnóstico de pubalgia o dolor pélvico asociado es clínico, es decir, se basa en los síntomas de la persona y no en una prueba concluyente que confirme una lesión específica.
Ese es precisamente uno de los grandes problemas: muchas personas presentan dolor intenso, limitación funcional e incluso síntomas acompañantes, pero sin hallazgos médicos claros que expliquen porqué se mantiene el dolor.
Los síntomas pueden variar mucho de una persona a otra. En algunos casos aparece únicamente dolor; en otros, el cuadro es más complejo y genera una sensación de pérdida de control sobre la zona.
Entre los síntomas más frecuentes de la pubalgia se encuentran:
Cuando estos síntomas se mantienen durante mucho tiempo, inevitablemente la persona termina organizando su vida en torno al dolor, vigilando constantemente la zona, evitando movimientos, actividades o relaciones sexuales y entrando en una dinámica de miedo y control que agrava aún más el problema.

No siempre. Ese es uno de los puntos más importantes.
El primer paso siempre es descartar una lesión o una enfermedad que justifique los síntomas. Pero cuando las pruebas no muestran una causa clara, conviene plantearse que el dolor puede estar sostenido por una dinámica de hipervigilancia, miedo, control y atención constante sobre la zona.
Esto no significa que el dolor “sea imaginario”. Significa que el dolor puede mantenerse activo aunque no exista en ese momento una lesión que lo esté produciendo, si la persona se comporta como si la hubiera realmente.
La historia del dolor está repleta de casos de lesiones graves que “deberían” doler y no duelen, y de casos de dolor en ausencia de lesiones. Hemos de tener en cuenta que el dolor no surge de los tejidos, surge de cómo percibe el organismo lo que pasa en los tejidos: percepción que se basa en gran parte en el comportamiento de la persona. A veces puede haber existido un problema físico al inicio, pero a pesar de que el tejido se ha recuperado, el dolor se mantiene alimentado por la dinámica de hipervigilancia, miedo, control y atención constante sobre la zona.
No es que el organismo haya aprendido a responder así, o que los cambios neuroplásticos del sistema nervioso cronifiquen la respuesta de dolor; el sistema nervioso permite sentir dolor pero en ningún caso puede generarlo. Lo que mantiene la activación neurofisiológica que da lugar al dolor es el comportamiento, porque el cerebro no es un ente autónomo: si no está en un cuerpo que está en un mundo con el que interactúa, no funciona.
En muchos cuadros de pubalgia, el dolor deja de depender sólo de una posible causa inicial y empieza a sostenerse por todo lo que la persona hace para intentar eliminarlo.
Esto incluye, por ejemplo:
El problema es que todas estas conductas, encaminadas a curar cuando no hay nada que curar, acaban por reforzar la percepción del organismo de que esa parte del cuerpo está en peligro. Y cuántas más cosas hace la persona por curarse, y más pendiente está de la zona, más probable es que aumente el dolor.
Cuando no hay una lesión clara que justifique el dolor, la recomendación es ser lo más conservadores posible. Cuanto más invasiva es una intervención, más riesgo hay de cronificar la percepción que sostiene el dolor.

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Si se opta por un trabajo orientado a cambiar la percepción del dolor, el primer paso es dejar de hacer, poco a poco, todo aquello que mantiene la atención fijada en la zona:
No se trata de abandonar la salud, sino de dejar de alimentar una dinámica que cronifica el dolor.
02
En cuadros de dolor pélvico o pubalgia es frecuente que, después de muchas exploraciones, aparezca algún hallazgo: un pliegue, una asimetría, una bacteria, una irritación, una pequeña alteración anatómica. Pero encontrar algo no significa automáticamente que eso sea la causa del dolor.
Buscar de forma insistente suele acabar encontrando “algo”, porque no hay dos cuerpos exactamente iguales. El riesgo está en convertir cualquier hallazgo en una explicación definitiva sin tener claro que realmente sea el origen del problema.
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La pregunta clave en este tipo de intervención es:
La respuesta suele ser muy reveladora. Si ya no hubiera dolor, probablemente la persona:
Ahí está la parte fundamental del tratamiento: pensar en grande y actuar en pequeño, recuperando conductas propias de una vida normal y dejando de organizarlo todo alrededor del dolor.
Silvia, de 35 años, acudió a consulta desesperada después de arrastrar durante tres años un dolor que empezó como una pequeña molestia en las relaciones sexuales y terminó convirtiéndose en un cuadro de dolor crónico extendido por toda la zona pélvica, llegando incluso hasta los riñones.
Silvia tenía un perfil muy obsesivo y una preocupación constante por la salud. Ya venía de otros bucles relacionados con la alimentación, el gluten, la lactosa y posibles alergias, que la habían llevado a consultar a distintos especialistas.
Cuando comenzaron las molestias sexuales, quiso hacerse pruebas para aclarar el origen. Como coincidió con el inicio de la pandemia y no era fácil acceder a estudios médicos, empezó a buscarlos por la vía privada. Ahí arrancó una carrera frenética de consultas, pruebas y tratamientos.
Se sometió a todo tipo de exploraciones. Como ninguna encontraba una causa clara, le recetaron una crema que no produjo mejoría. Durante un tiempo regresó a Estados Unidos, donde estaba trabajando temporalmente, y allí pasó una etapa mucho mejor: al no mantener relaciones sexuales con penetración y estar menos pendiente del problema, el dolor prácticamente desapareció.
Al volver a España y retomar las relaciones con penetración, el dolor volvió. Consultó con una fisioterapeuta de suelo pélvico que, con buen criterio, la derivó a dermatología porque no encontraba nada llamativo más allá de una pequeña herida. A partir de ahí recibió diferentes diagnósticos y explicaciones: liquen escleroso vulvar, vulvodinia, sinequia, indicación de cremas, anestésicos locales, amitriptilina, plasma rico en plaquetas e incluso una intervención sobre el clítoris sin su consentimiento.
Nada funcionó.
Después de un año y medio de especialistas, pruebas y remedios, Silvia seguía con dolor, cada vez más pendiente de su vulva, más angustiada y más limitada. Además, la búsqueda de información en internet y el contacto con grupos de afectadas habían amplificado todavía más su miedo.
Cuando acudió a consulta, el punto de partida fue claro: ninguno de los especialistas había podido demostrar una lesión o enfermedad que justificara el dolor, y sin embargo ella estaba mucho peor que al principio.
A través de la intervención, Silvia empezó a comprender cómo funciona el dolor cuando no hay una lesión que lo sostenga y cómo todas las estrategias orientadas a “curarse” estaban en realidad manteniendo el problema. El trabajo consistió en dejar de hacer: dejar de buscar, dejar de tocar, dejar de tratar, dejar de girar toda su vida alrededor del síntoma. Y, al mismo tiempo, empezar a reconectarse con su proyecto vital.
Tres semanas más tarde refirió que, aunque seguía teniendo molestias, el dolor no había ido a más pese a haber dejado de hacer cosas para mitigarlo. En la tercera sesión explicó, sorprendida, que el dolor prácticamente había desaparecido. En la cuarta, seguía sin aparecer y ella estaba cada vez más conectada con el trabajo, la vida cotidiana y sus planes de futuro.
En la quinta sesión apareció una recaída puntual: tenía que ir al médico para recibir el alta y volvió a fijarse intensamente en la zona. El dolor reapareció durante unos días, especialmente al volver al trabajo, pero esta vez Silvia fue capaz de entender lo que estaba pasando y no caer de nuevo en la misma dinámica. A los 6 meses de la finalización de la terapia Silvia seguía sin dolor.
La clave no fue “curar” una lesión inexistente, sino dejar de comportarse como si en esa zona hubiera una lesión.
Si llevas tiempo con dolor púbico o pélvico y has entrado en una cadena de pruebas, tratamientos y especialistas sin una explicación clara, merece la pena revisar no sólo qué te duele, sino también cómo te estás relacionando con ese dolor.
Estas son algunas ideas básicas:
En muchos casos, el cambio no empieza haciendo más, sino dejando de hacer aquello que mantiene el problema activo.
La pubalgia puede cronificarse por todo lo que la persona hace para intentar librarse del dolor. Cuando no existe una lesión clara que lo explique, insistir en buscar causas físicas o aplicar tratamientos de forma repetida puede reforzar la percepción que mantiene el dolor.
Por eso, en determinados casos, el abordaje más útil no pasa por seguir interviniendo sobre la zona, sino por cambiar el comportamiento de la persona.
La pregunta clave:
Si te comportas como una persona enferma, tu organismo tenderá a responder como un organismo enfermo; si te comportas como una persona sana, tu organismo tenderá a responder como un organismo sano.
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