Tratamiento del pánico en nuestra consulta psicológica en Bilbao o mediante terapia online
El ataque de pánico es la repentina pérdida de control sobre el propio cuerpo en ausencia de estímulos externos desencadenantes. Es el control que lleva al descontrol: cuanto más tratas de mantener a raya la ansiedad, más se te descontrola. De hecho puedes sufrir más a causa del exhaustivo control que pones en marcha para evitar la ansiedad, que por los ataques de pánico propiamente, que pueden no haber sucedido nunca.
Evitar lugares potencialmente peligrosos, pedir ayuda a familiares o amigos, hablar continuamente de tu problema, tratar de mantener a raya tus sensaciones o hacer frente como sea a las situaciones, son estrategias que no suelen funcionar. La psicoterapia para los ataques de pánico que llevamos a cabo en el centro es la desarrollada por el psicólogo Giorgio Nardone, que básicamente consiste en subir a un nivel de control superior que te permita controlar eficazmente tus reacciones.

En los años 60 no existía el diagnóstico de trastorno de pánico, pero es cuando empieza a tomar forma. El psiquiatra Donald Klein observó que un antidepresivo (imipramina) funcionaba muy bien en personas con crisis de miedo intenso, y dedujo que había un problema específico, distinto de la “ansiedad general” de toda la vida.
El trastorno de pánico como categoría nace en los años 70. Hasta entonces, esos mismos síntomas se metían en cajones de sastre como “neurosis de ansiedad” o “crisis de angustia”.
Ya en los 80, el DSM-III crea oficialmente el diagnóstico de trastorno de pánico y lo separa de la antigua “ansiedad neurótica”. A partir de ahí, los ataques de pánico empiezan a verse como un trastorno concreto, con nombre propio y criterios definidos.
Desde entonces, las cifras no han parado de crecer, sobre todo porque se pregunta mejor y se etiqueta más:
En los primeros estudios de los 80 (ECA, EE. UU.), el trastorno de pánico aparece en torno al 1,5 % de la población.
En los 90 (National Comorbidity Survey), la prevalencia a lo largo de la vida sube aproximadamente al 3,5 %.
En los años 2000, el NCS-R estima un 4,7 % a lo largo de la vida, con alrededor de un 2,7 % en los últimos 12 meses.
Y cuando miramos simplemente “haber tenido alguna vez un ataque de pánico”, sin llegar al diagnóstico completo de trastorno de pánico, los datos se disparan: alrededor de un 25–30 % de las personas dicen haber tenido, al menos una vez, algo que encaja con un ataque de pánico.
Es decir: los ataques de pánico aislados son muy frecuentes; el trastorno de pánico como tal, menos frecuente, pero nada raro.

Varios historiadores de la psiquiatría han señalado algo llamativo: el fármaco para el pánico apareció casi al mismo tiempo que el propio “trastorno de pánico”. O, como mínimo, el nombre del trastorno se consolida a la vez que el fármaco específico.
Justo cuando se define el “trastorno de pánico”, aparecen también los llamados fármacos “antipánico”.
En los 80 se aprueba el alprazolam (Xanax) y la farmacéutica Upjohn decide presentarlo como medicamento específico para el trastorno de pánico. Es interesante recordar que, incluso hoy, no se sabe del todo cómo funcionan muchos psicofármacos.
Se financian grandes estudios (Collaborative Panic Study) en los que se prueba alprazolam en personas con ataques de pánico.
No es que el pánico sea “inventado”: los síntomas son muy reales y existían mucho antes de que hubiera diagnóstico y fármaco. Pero la forma de nombrar, explicar y tratar esos síntomas, influida por factores científicos, culturales y comerciales, probablemente ha contribuido a su expansión y a la sensación actual de epidemia de ataques de pánico.
La ansiedad es el correlato fisiológico del miedo. Cuando nuestro organismo percibe un peligro, se activa para hacerle frente. Por ejemplo, la temida taquicardia no es más que la forma que tiene el cuerpo de mandar más oxígeno a los músculos para ponerlos en marcha.
Hasta ahí, todo bien.
El problema aparece cuando la persona se asusta de esa activación normal. El organismo, que se había activado por miedo a algo, se activa todavía más como respuesta al miedo de la persona a sus propias sensaciones. Y la persona se asusta más, y el organismo se activa más…
Esa es la escalada que define el trastorno de pánico: un bucle entre la persona y sus propias sensaciones corporales. Sensaciones que no se deben a una enfermedad orgánica, sino a un cuerpo sano que reacciona con intensidad. Sensaciones que se descontrolan porque la persona se asusta de ellas.
Esa activación inicial puede ser una falsa alarma: sentir miedo no implica necesariamente que exista un peligro real. Pero puede ser suficiente para entrar en el bucle del pánico. Desde esta perspectiva, no hay una “enfermedad” en el sentido clásico; más bien estamos ante un cuerpo que, si acaso, funciona demasiado bien.
Ponerle nombre y publicitar esta dinámica como un trastorno llamado “ataque de pánico” hace que parezca una enfermedad que “se tiene”, más que una forma de relacionarse con el propio cuerpo. Eso hace mucho más probable que las personas estén muy atentas a ciertas sensaciones físicas y que, efectivamente, se asusten ante ellas entrando en bucle.
Cuanto más se presenta el trastorno de pánico solo como una enfermedad que se cura con un fármaco, más casos de trastorno de pánico veremos.

Porque sentir ansiedad en algún momento de la vida es normal, forma parte de ser humano. Pero si la persona ha oído que existe un trastorno en el que se sienten unas sensaciones muy concretas, es mucho más probable que las interprete como un problema grave y se enganche a ellas con miedo.
De hecho, una de las fobias más extendidas hoy en día es la fobia a perder el control. La medicina y la tecnología avanzan y descubren nuevos mecanismos, moléculas, diagnósticos… algo que en principio está muy bien. Sin embargo, en el momento en que siento que tengo el control de algo, aparece el miedo a perderlo.
Por ejemplo, en la Edad Media nadie tenía miedo a “tener diabetes” o “tener hipertensión”: ese lenguaje ni siquiera existía.
Asombrosamente, los fármacos para el pánico, que en cierta forma impulsaron la aparición del pánico como trastorno definido, desde una perspectiva estratégica son un impedimento para superar el problema.
Su acción consiste básicamente en sedar a la persona. No “arreglan” algo roto —porque no hay nada roto—, sino que bajan las revoluciones ayudando a manejar las sensaciones durante el tiempo que se toman.
El lado oscuro es que, al mismo tiempo, impiden que la persona recupere la confianza en su propio cuerpo, que es la clave del problema y el objetivo central del tratamiento psicológico.
Los estudios muestran que, aunque los fármacos pueden ser tan eficaces como la psicoterapia a corto plazo, sus beneficios tienden a desaparecer
cuando se dejan, y además tienen efectos secundarios:
El estudio de Freire (2023) muestra frecuentes recaídas al retirar la medicación. Y distintos meta-análisis, como el de Quagliato et al. (2019), indican que tanto los ISRS como las benzodiacepinas son eficaces en el tratamiento agudo del trastorno de pánico, pero se asocian a efectos secundarios como disfunción sexual, aumento de peso e insomnio, sedación, problemas de memoria y riesgo de dependencia.
Desde la terapia breve estratégica, el pánico no se considera realmente superado mientras la persona siga dependiendo del fármaco. Eso significa que aún no ha recuperado la confianza en su cuerpo ni en su capacidad para manejar las sensaciones de ansiedad.
El pánico no es una enfermedad que se cure con un fármaco, como la insulina corrige la falta de insulina en la diabetes. El fármaco para el pánico seda, pero no cambia la forma de relacionarse con el propio cuerpo. Y ese es el verdadero trabajo.
No hay nada más desagradable que notar cómo tu propio cuerpo “patina”. Ese es el problema de fondo: tu cuerpo. El problema no está en el ascensor, en la multitud o en el espacio abierto; está en el miedo que tienes a cómo va a responder tu cuerpo en el ascensor, la multitud o el espacio abierto.
El pánico se ha convertido en una epidemia por el hecho de ponerle un nombre, publicitarlo y tratarlo como enfermedad. Eso hace que prestemos más atención a nuestras sensaciones físicas y que las veamos a través de las gafas de la emfermedad, interpretándolas como “algo malo en mi cuerpo” y no como una respuesta normal de lucha-huida.
Para salir del bucle, los fármacos pueden ser una muleta útil al principio, pero si se prolongan demasiado se convierten en el principal motivo para no superar el problema.
Cuando te rompes una pierna, la muleta al principio te ayuda a mejorar; pero si no la vas dejando, se convierte en lo que te impide recuperar fuerza y autonomía.

El pánico es devastador. Sentir que pierdes el control de tu propio cuerpo, es una de las experiencias más desagradables que puede tener una persona: el miedo a perder la cabeza o a tener un problema de salud grave, las sensaciones raras… hacen que desconfíes totalmente de tu cuerpo, eso que necesitas para todo en la vida.
La buena noticia es que, a pesar de lo dramático que puede llegar a ser el pánico, el pronóstico es bueno. No hay nada que curar, se trata de cambiar la forma en la que reaccionas esas sensaciones que tanto temes. Y se hace con un protocolo específico, el que se ha desarrollado en Arezzo (Italia) desde la terapia estratégica, que ha sido probado en miles de pacientes que han superado el pánico.
En el psicólogo puedes trabajar muchas cosas, pero si no cambias eso, no vas a superar el pánico. La clave no está en buscar traumas pasados o en entender que no pasa nada; está en que le pierdas el miedo a las sensaciones: donde hay una persona con pánico, hay una persona tratando de controlar unas sensaciones que no están bajo su control, y cuanto más trata de controlarlas, más se le descontrolan.
En nuestra consulta en Bilbao he tratado muchas personas que vienen de terapias largas en las que se han conocido mejor, en las que han entendido cosas, pero en las que no han superado el pánico. Porque el pánico tiene una dinámica que lo mantiene, no una causa que lo creó en el pasado. De hecho todo el mundo tiene la capacidad de sentir ansiedad, el tema es no entrar en bucle con ella. El pánico no se supera hablando, se supera haciendo.
Se puede. De hecho, si has mejorado pero no lo has superado del todo, es muy probable que vuelvas a caer. No vale mejorar, hay que llegar a superarlo del todo.
Se conoce como la paradoja psicofisiológica: cuanto más quieres controlar el mareo, la taquicardia, la irrealidad… más entras en bucle con ellas.
La medicación para el pánico no cura, te seda haciendo que puedas manejar mejor las sensaciones. De tal forma que puede ser útil al inicio, pero el objetivo es dejarla: si no puedes salir de casa sin el fármaco, es que no has recuperado la confianza en tu cuerpo y no has superado el pánico.
Sí, la terapia para el pánico se puede hacer online con la misma eficacia que la terapia presencial.
No se puede saber de inicio. Sí sabemos que antes de 5 sesiones se tienen que ver cambios. Son cada 2 semanas y se van espaciando a medida que mejoras.
Otros tipos de ansiedad
En nuestra consulta de psicología en Bilbao tratamos diferentes tipos de ansiedad que pueden limitar tu día a día, como la ansiedad generalizada, los ataques de pánico, la angustia persistente o la ansiedad por separación. También trabajamos con fobias específicas (social, conducir, claustrofobia o agorafobia), la cibercondría y el trastorno obsesivo compulsivo (TOC) con la ayuda de la terapia breve estratégica.
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