Si los hechos no concuerdan con la teoría, tanto peor para los hechos.

Georg Wilhelm Friedrich Hegel

 

 

 

Llevas años luchando contra el dolor: has pasado por todas las especialidades de la medicina y te has hecho pruebas de todo tipo que no han mostrado nada anómalo en tu organismo que justifique tu dolor. Además ,el amplio surtido de fármacos con el que han ido probando a ver si sonaba la flauta, tampoco ha funcionado. Tu dolor sigue ahí.

 

Tu única esperanza depende de algún investigador de un laboratorio o universidad prestigiosa y lejana, porque este descubrimiento no puede venir de un cualquiera, que descubra por fin esa minúscula parte de tu organismo (tan minúscula que ni con la tecnología de la que disponemos hoy día se ha conseguido ver) que genera tal sufrimiento.

 

De momento no ha habido suerte (y a modo de spoiler te adelanto que no la habrá), a pesar de que todos los años, como es tradición, todo laboratorio que se precie anuncia el fármaco definitivo contra la migraña o la fibromialgia. Sin embargo, si comprendes qué es el dolor, verás que creer que la migraña o la fibromialgia puedan solucionarse con un fármaco, es lo más parecido a creer en los reyes magos. 

 

Así las cosas, después de tantos años, algún osado médico te ha llegado a insinuar que quizá, y solo quizá, visitar un psicólogo podría ayudarte. No para solucionar el dolor, sino para que aprendas a resignarte, algo a lo que supuestamente el psicólogo puede ayudarte. 

 

Pero, 

 

¿Por qué vas a ir al psicólogo?

Qué se cree, ¿que te inventas el dolor?  

O peor aún, ¿que te lo creas tu mismo?

¿Cómo te va a curar un psicólogo la migraña, el dolor de espalda o la fibromialgia?

Lo que ha de hacer es encontrar lo que tienes y curarlo… ¿verdad?

 

Bien, pues tengo noticias para ti.

 

Has puesto toda tu fe en el modelo biomédico: todo problema tiene una alteración o desviación fisiológica que hay que curar. Si no se ha encontrado es cuestión de buscar más y mejor, de insistir, porque si te duele algo debe de ir mal.

 

Esta convicción rebosante de sentido común, en un mundo fascinado por la visión organicista, es la madre de todos tus males. Porque, a pesar de ir a la Luna o de buscar agua en Marte, aún no hemos entendido qué es el dolor: una emoción que no se puede reducir a biología.

 

Piensas que mandarte al psicólogo es un insulto a tu sufrimiento, y estás convencido de que la solución a tu problema ha de llegar de la mano del modelo biomédico, de alguien que encuentre esa causa fisiológica. Algo que no va a pasar. Sin embargo, que la migraña o la fibromialgia no puedan ser consideradas enfermedades, no quiere decir que no sean un grave problema, quiere decir que la solución va por otro lado. Por eso no se encuentra la cura, porque se está buscando donde no hay.

 

No te preocupes porque no es cosa tuya, tu médico no lo sabe y muchos psicólogos tampoco. Por eso no hay tratamientos eficaces ni en medicina ni en psicología. En la búsqueda de la causa orgánica de tu dolor, ni el médico ni el psicólogo pueden acertar. El primero porque no busca algo que no existe. El segundo porque se centra en que aceptes tu doloroso destino.

 

El problema es que no se ha entendido qué es el dolor. El problema es que tu organismo no precisa ninguna lesión para doler, y doler mucho además. El problema es que la premisa organicista (todo tiene una causa orgánica) os mete en un callejón sin salida. El problema es que crees que ir al psicólogo para tratar tu dolor es asumir que estás loco y que te creas tu propio dolor.

 

La investigación médica del dolor crónico es la historia del estudio de correlatos tomados por causa, esto es, de fijarse en los cambios orgánicos que se dan en una experiencia de dolor y tomarlos por causa.

 

Es como si observaramos los cambios orgánicos que se dan en una diabetes (enzimáticos, proteínicos…) y los tomáramos por causa:

 

  • Yo he visto que interviene esta proteína, ahí está la causa.
  • No, se activa un péptido, es esta.
  • Que va, son estas enzimas que…

 

Y nos olvidáramos de lo que come o cuánto se mueve la persona.

Tener genes, proteínas, enzimas, neuronas… permite que sientas dolor. Tienes un organismo que, entre otras cosas, te permite sentir dolor. Sin embargo, ninguna de estas partes por separado, pueden generarlo. El dolor no puede surgir de un grupo de neuronas

o un gen. Es como buscar la música en las fibras de la cuerda de la guitarra: intervienen en el proceso pero por si mismas no generan música, esta surge de la relación entre la persona y la guitarra.

 

No es que la medicina se fije en el árbol perdiendo de vista el bosque. Es que la tecnología de la que disponemos actualmente, que permite no solo centrarse en el árbol sino incluso monitorizar el brote de hierba más pequeño, dando la sensación de llevar a cabo un gran trabajo, nos aleja cada vez más de entender el bosque del dolor.

 

Y es que los seres humanos tendemos a creer en las explicaciones complicadas. Un estudio muy curioso llevado a cabo en la universidad de Stanford por el profesor Bavelas, demuestra que al ser humano, las explicaciones, cuando más complejas, más ciertas le parecen:

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Pusieron a dos individuos (A y B) que no podían comunicarse entre sí, frente a una pantalla que mostraba fotos de tejidos. Tenían que diferenciar los tejidos sanos de los enfermos.

El truco: mientras al sujeto A le decían si sus respuestas eran correctas o no francamente, a B le decían si había respondido bien o mal en función de la respuesta de A. Es decir, si B daba una respuesta correcta pero A había fallado, le decían que su respuesta era incorrecta aunque hubiera acertado.

 

Uno y otro fueron haciendo conjeturas sobre qué diferenciaba a los tejidos sanos de los enfermos. A consiguió una media de aciertos por encima del 80% mediante unos sencillos razonamientos; por su parte B elaboró unas teorías complicadisimas que resultan en peores resultados: cuanto menos entiendes algo, más enrevesada es tu explicación.

 

Sin embargo, eso no es lo más curioso. Cuando se les dio oportunidad de intercambiar opiniones, A no solo no rechazó las opiniones de B, sino que se quedó fascinado con la capacidad de razonamiento de B y frustrado por su simplicidad. En un segundo test, el sujeto A, tratando de poner en práctica lo aprendido de B, disminuye considerablemente su tasa de aciertos.

 

El enfoque médico, con sus cerebros de colores, sus potentes microscopios y sus infalibles fármacos, te seduce sin remedio. Parece que lleva a cabo una labor extraordinaria, cuando en realidad está dando palos de ciego en base a una hipótesis que no tienen pies ni cabeza. Mientras, una teoría rigurosa como lo que yo defiendo, basada en conocer realmente qué es el dolor, queda ensombrecida por el brillo cegador del enfoque médico.

 

Este es el bosque completo: el dolor es una emoción que SIEMPRE va unida a un sistema de creencias y valores. Si te rompes una pierna y te duele, no es porque esos tejidos rotos tengan la capacidad de generar dolor, es porque tu organismo ha evaluado (apropiadamente) que eso es peligroso para tu integridad. Si tienes dolor y, tras 15.489 pruebas diagnósticas, no hay nada que justifique el dolor, no es porque no se haya encontrado la minúscula lesión que lo provoca. Es porque tu organismo ha evaluado (inapropiadamente) que ahí hay algo peligroso para tu integridad.

 

¿Y adivina qué? Cuanto más trates de “curarte”, visitando especialistas que no te pueden ayudar si no hay una lesión que curar, esa evaluación inapropiada que da lugar al dolor, ¿crees que va a mejorar o a empeorar?

 

Exacto, empeorará. 

 

Ir al psicólogo para superar el dolor, no quiere decir que te inventes el dolor, que estés loco, que padezcas un dolor de segunda categoría, que tengas traumas sin resolver o que debas hacer una psicoterapia de 17 años para encontrar la causa de tu dolor

 

Quiere decir que debes cambiar una percepción disfuncional

 

 

Consulta tu caso, tienes un equipo de psicólogos a tu disposición en Bilbao.

 

 

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