Cómo se cura el TDAH

marcador biológico para diagnosticar el TDAH (como tampoco lo hay para ningún trastorno mental). Un marcador biológico es aquella característica que puede ser medida objetivamente y que indica un proceso normal o patológico. Por ejemplo, un análisis de glucosa en sangre permite diagnosticar la diabetes. Sin embargo

no hay ninguna característica cerebral o neuronal que compartan los niños diagnosticados de TDAH y que no aparezca en los no etiquetados

Los criterios que se usan para diagnosticarlo son clínicos (a menudo se mueve, no atiende, es impulsivo…), subjetivos y compartidos por gran parte de los niños, pero se ha llegado a la conclusión, sin ninguna evidencia, de que es una enfermedad cerebral.

Pero aún hay más, porque dependiendo de cómo se trate el problema, tenderá a cronificarse o a solucionarse. Nosotros mismos construimos la realidad, y si diagnosticas a un niño de TDAH, vas a tener un niño que tiende a seguir comportándose así.

Se da una justificación a su comportamiento (es por su enfermedad), y tendrá una medicación que le ayudará a estar mejor, con la que aprenderá que él no tiene ningún control sobre lo que le pasa. Ni en su «enfermedad» ni en su solución.

Sin embargo, si le tratas como un niño normal que es movido y ha de aprender a autorregularse, tendrás un niño que tenderá a comportarse de forma «normal». Nosotros vamos a construir el trastorno dependiendo de cómo lo manejemos. No estamos tratando una realidad objetiva como en la diabetes.

Vivimos en la sociedad de la inmediatez, en un entorno estimulante e hiperactivo que demanda un cambio constante en la que los niños deben estar entretenidos. Sin embargo queremos que eso sea independiente de las actividades que requieren concentración y disciplina.

No es falta de atención, es atención a otras cosas, que normalmente no coinciden con las que requieren los adultos

A partir de la época de los 90 entramos en la era del cerebro. Las técnicas de neuroimagen dieron una justificación a todo lo que nos pasa con sus forma y colores. Sin embargo, cada vez se sabe más del cerebro y menos de los problemas psicológicos.

El cerebrocentrismo, culpar de casi todo lo que nos pasa al cerebro, exime a la persona y a la sociedad de su responsabilidad. De esta forma podemos seguir llevando el mismo ritmo de vida, esperando ese medicamento que solucionará el problema, como en la diabetes. Sin embargo, si en la diabetes es peligroso delegar en los fármacos sin cambiar tu forma de vida, en el TDAH es aún peor.

La medicación en el TDAH ayuda pero también desvía del la verdadera solución. Una medicación muy parecida a la cocaína que tiene el mismo efecto en niños diagnosticados de TDAH que en los no diagnosticados. Porque es una medicación más parecida al dopaje que al tratamiento farmacológico: no sana nada, sólo permite mayor concentración, aunque no seas TDAH. Es la misma medicación que en la década de los 70 usaban los universitarios para estudiar.

La hiperactividad, la falta de atención y la impulsividad no son causadas por ninguna deficiencia cerebral. Son causadas por nuestro ritmo de vida. El TDAH es un problema de autocontrol, de niños que deben aprender a autorregularse, a esperar, a saber que hay unas normas… Y la mejor forma de atajarlo es que el psicólogo entrene a los padres para que aprendan a educar a sus hijos.

Estamos ante un problema, no ante un enfermedad. En una sociedad hiperactiva con menos tolerancia a los comportamientos normales de la infancia. El mejor tratamiento psicológico es enseñar a esos niños a esperar, a atender, a regularse… no a medicarles.

Fuente: Marino Pérez

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El TDAH existe. Sin embargo es algo muy distinto a lo que una parte de la comunidad científica pretende que sea.

Existe porque hay un problema. Es indudable que hay niños a los que les resulta muy difícil llevar a cabo actividades que requieren concentración, como estudiar, atender o realizar tareas que no tienen un recompensa inmediata. Sin embargo un problema no es una enfermedad.

En la investigación del TDAH, si apartas los estudios financiados por la industria farmacéutica, rebosantes de conflictos de intereses, errores metodológicos y sesgos, no hay evidencia cerebral o neuronal que sostenga esa etiqueta. El TDAH no es una categoría diagnóstica asociada a un trastorno neurológico.

En Bilbao hay muchos centros psicológicos en los que se hacen evaluaciones para saber si un niño tiene hiperactividad o déficit de atención. Y cada vez me encuentro más padres preguntándose si su hijo lo tendrá o no, como si habláramos de un trastorno con una etiología clara sujeta a un diagnóstico objetivo.

No existe ningún marcador biológico para diagnosticar el TDAH (como tampoco lo hay para ningún trastorno mental). Un marcador biológico es aquella característica que puede ser medida objetivamente y que indica un proceso normal o patológico. Por ejemplo, un análisis de glucosa en sangre permite diagnosticar la diabetes. Sin embargo

no hay ninguna característica cerebral o neuronal que compartan los niños diagnosticados de TDAH y que no aparezca en los no etiquetados

Los criterios que se usan para diagnosticarlo son clínicos (a menudo se mueve, no atiende, es impulsivo…), subjetivos y compartidos por gran parte de los niños, pero se ha llegado a la conclusión, sin ninguna evidencia, de que es una enfermedad cerebral.

Pero aún hay más, porque dependiendo de cómo se trate el problema, tenderá a cronificarse o a solucionarse. Nosotros mismos construimos la realidad, y si diagnosticas a un niño de TDAH, vas a tener un niño que tiende a seguir comportándose así.

Se da una justificación a su comportamiento (es por su enfermedad), y tendrá una medicación que le ayudará a estar mejor, con la que aprenderá que él no tiene ningún control sobre lo que le pasa. Ni en su «enfermedad» ni en su solución.

Sin embargo, si le tratas como un niño normal que es movido y ha de aprender a autorregularse, tendrás un niño que tenderá a comportarse de forma «normal». Nosotros vamos a construir el trastorno dependiendo de cómo lo manejemos. No estamos tratando una realidad objetiva como en la diabetes.

Vivimos en la sociedad de la inmediatez, en un entorno estimulante e hiperactivo que demanda un cambio constante en la que los niños deben estar entretenidos. Sin embargo queremos que eso sea independiente de las actividades que requieren concentración y disciplina.

No es falta de atención, es atención a otras cosas, que normalmente no coinciden con las que requieren los adultos

A partir de la época de los 90 entramos en la era del cerebro. Las técnicas de neuroimagen dieron una justificación a todo lo que nos pasa con sus forma y colores. Sin embargo, cada vez se sabe más del cerebro y menos de los problemas psicológicos.

El cerebrocentrismo, culpar de casi todo lo que nos pasa al cerebro, exime a la persona y a la sociedad de su responsabilidad. De esta forma podemos seguir llevando el mismo ritmo de vida, esperando ese medicamento que solucionará el problema, como en la diabetes. Sin embargo, si en la diabetes es peligroso delegar en los fármacos sin cambiar tu forma de vida, en el TDAH es aún peor.

La medicación en el TDAH ayuda pero también desvía del la verdadera solución. Una medicación muy parecida a la cocaína que tiene el mismo efecto en niños diagnosticados de TDAH que en los no diagnosticados. Porque es una medicación más parecida al dopaje que al tratamiento farmacológico: no sana nada, sólo permite mayor concentración, aunque no seas TDAH. Es la misma medicación que en la década de los 70 usaban los universitarios para estudiar.

La hiperactividad, la falta de atención y la impulsividad no son causadas por ninguna deficiencia cerebral. Son causadas por nuestro ritmo de vida. El TDAH es un problema de autocontrol, de niños que deben aprender a autorregularse, a esperar, a saber que hay unas normas… Y la mejor forma de atajarlo es que el psicólogo entrene a los padres para que aprendan a educar a sus hijos.

Estamos ante un problema, no ante un enfermedad. En una sociedad hiperactiva con menos tolerancia a los comportamientos normales de la infancia. El mejor tratamiento psicológico es enseñar a esos niños a esperar, a atender, a regularse… no a medicarles.

Fuente: Marino Pérez

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