“Todo hombre puede, si se lo propone, ser el escultor de su propio cerebro.”
— Santiago Ramón y Cajal
Esta frase la escribió un señor que se pasaba el día mirando neuronas al microscopio.
Sabía de lo que hablaba.
La idea es muy simple y muy potente:
Lo que pasa en tu cerebro depende de tu comportamiento.
Esta idea tan básica es la que han olvidado la neurología y la moderna neurociencia. Han separado el cerebro de la persona, del mundo; como si se tratase de un órgano autónomo que funciona solo.
El cerebro no va por libre
Se aísla el cerebro para estudiarlo, como si fuera un ente autónomo que hace y deshace por su cuenta.
Como si tuviera vida propia, desconectado de la persona y de cómo vive.
No, no es así.
Repito, porque es clave:
Lo que pasa ahí dentro depende principalmente de tu comportamiento.
Por eso, cuando se dice que la clave del dolor crónico está en el sistema nervioso, se mira solo una parte de la película.
En el sistema nervioso está la capacidad de sentir dolor, sí.
Pero si ese cerebro no está en una persona que se comporta de una determinada manera, en un mundo concreto…
no funciona.
La clave está en el comportamiento.
El cerebro no es cemento seco
Durante muchos años se pensaba que el cerebro era algo casi fijo. Inmutable.
Nacías con unas capacidades, un carácter, un “así soy yo”… y poco más se podía hacer.
Hoy sabemos que no.
El cerebro cambia según lo que haces, lo que piensas y lo que vives.
Ese cambio tiene un nombre técnico: neuroplasticidad.
Que se ha convertido en otro mito, como si fuera una capacidad únicamente cerebral. No es así: la neuroplasticidad no existe sin comportamiento.
El motor de la neuroplasticidad es el comportamiento, no la propia biología.
La idea de Ramón es fácil:
Tu comportamiento determina cómo funciona tu cerebro.
Igual que un músculo: lo que entrenas, crece.
Lo que no entrenas, se queda atrás.
¿Qué significa “ser escultor” en la práctica?
Cajal no hablaba de magia.
Hablaba de propuesta y práctica.
“Si se lo propone” significa: con intención, con constancia, con pequeños pasos.
Ser escultor de tu propio cerebro es, por ejemplo:
- Entrenar la atención en vez de vivir a base de multitarea.
- Aprender a parar antes de explotar. Meditar.
- “Me ha salido mal, ¿qué puedo cambiar?”.
- Atreverse a hacer cosas nuevas, aunque den miedo.
Cada vez que eliges una respuesta distinta, tallas un poquito una nueva vía en tu cerebro.
El cerebro de una persona con dolor crónico
Pensemos en dolor crónico sin lesión que lo justifique: migraña, fibromialgia, dolor de espalda, etc.
La característica esencial es esta:
Es una persona que vive pendiente de su cuerpo. Pendiente de esa zona o zonas que le duelen.
Se comporta como una persona enferma:
- Pone calor, pone frío.
- Se da masajes.
- Lleva un diario de dolor.
- Va al fisio una y otra vez…
Y podríamos seguir la lista.
Se comporta como enferma.
Su cerebro responde como enfermo.
Y, sin embargo, a ese cerebro “no le pasa nada” que haya que curar.
No es casualidad que nadie haya encontrado una lesión clara que explique todo esto.
El cerebro responde en total coherencia con cómo se comporta la persona.
Esculpes tu cerebro para que funcione así… y luego buscas fármacos que te curen.
Tus hábitos son cincel y martillo
La neurociencia se centra en el cerebro: algo tiene que ir mal ahí dentro para que responda así.
La seductora tecnología induce a mirar dentro. Una imagen vale más que mil palabras, o dos mil en el caso de los preciosos cerebros de colores. Qué maravilla.
Sin embargo, esa respuesta nace fuera. Nace del comportamiento. Pero el comportamiento es más prosaico, no muestra imágenes coloreadas.
Pero si le hicieras caso, no te hace falta hacer cosas enormes. No te hace falta un fármaco maravilloso.
Lo que más moldea el cerebro son las cosas pequeñas, repetidas muchas veces.
Pequeños cambios como:
- Dejar de prestar atención constante a esa zona del cuerpo.
- Hacer algo diferente, en la medida en que el dolor te lo permite.
- Hacer algo placentero, aunque sea un rato corto.
- Dejar de vivir en modo “tengo que encontrar la cura”, cuando no hay nada que curar ahí dentro.
No es cuestión de curar una enfermedad.
Es cuestión de cambiar tu comportamiento.
Eres el escultor de tu propio cerebro.
Eres el escultor de tu propio dolor.
No, tu dolor no es inventado
Óscar Wilde decía que, a menudo, con la mejor intención se consigue el peor de los efectos.
Quieres curarte, pero acabas enfermando más.
No va de culpabilizar a nadie.
Va de responsabilizar.
Va de dejar de comportarte como una persona enferma que busca remedios, pruebas y soluciones milagrosas.
Y Cajal apunta justo ahí: en ese espacio donde sí puedes hacer algo.
En tu comportamiento.
Con la mejor intención, la estás liando parda.
Los trastornos de dolor crónico sin lesión son, en el fondo, trastornos obsesivos:
Obsesión con el cuerpo, con la zona que duele, con encontrar “qué tengo”.
La terapia como taller de escultura
La terapia para el dolor crónico, en el fondo, es un taller de escultura.
Un espacio para aprender a esculpir tu propio cerebro de otra manera.
Para relacionarte con tu dolor de otra forma:
- No hay enfermedad oculta, hay comportamiento patológico.
- No hay fármaco mágico, hay cambio de paradigma.
- No es que “tu biología esté rota”: la biología es solo la capacidad de sentir dolor.
Lo que cambia es cómo se usa esa capacidad.
Un resumen para llevarte
Cuando Cajal dice que podemos ser escultores de nuestro propio cerebro, nos recuerda:
- Tu cerebro no está terminado.
- Tu cerebro no es un ente autónomo que va por libre.
Lo que te modela es una pregunta muy concreta:
¿Cómo te estás comportando?
Ahí se decide cómo responde tu biología.
Ve haciendo pequeños cambios.
Comprueba qué pasa.
Crees que tu salvación está en la neurociencia.
Nada más lejos de la realidad.
Céntrate en cambiar tu comportamiento.
Somos todos un poco Santo Tomás:
Prueba lo que te digo.
Si tienes dolor crónico (migraña, fibromialgia, dolores sin explicación...), tienes un trastorno obsesivo que depende de tu comportamiento, no de tu biología.
Coge el cincel, haz pequeños cambios… y mira qué ocurre.
¿Que cómo se hace?
Aqui te lo cuento: el libro del dolor crónico

