El control de las cosas se obtiene colaborando con ellas, no luchando contra ellas.
Lao Tse

El trastorno obsesivo compulsivo (TOC) es uno de los trastornos psicológicos más incomprendidos. Muchas personas conviven con él durante años sin saber exactamente qué les pasa. Por ejemplo, hay personas que consultan por ansiedad cuando lo que realmente tienen es una agotadora lucha contra sus pensamientos, que les genera un malestar difícil de manejar.
Otras veces, la persona cree tener depresión, lo cual es cierto en parte, porque no se ha dado cuenta de que esa renuncia (la característica esencial de la depresión) es la consecuencia de esa lucha agotadora contra sus pensamientos.
En otras ocasiones se minimizan los comportamientos compulsivos como “manías”, hasta que llega un punto en el que llevar una vida normal se vuelve imposible.
Hablamos de un trastorno que puede generar un sufrimiento muy intenso, porque interfiere en todas las esferas de la vida de la persona: autoestima, relaciones, trabajo, bienestar emocional… Entender qué es el TOC, cómo se manifiesta y por qué ocurre es el primer paso para superarlo.
Partimos de la base de que darle vueltas a las cosas (con frecuencia se llega a soluciones pensando) o hacer rituales (como cuando un deportista hace una secuencia de gestos que le ayudan a concentrarse) en su justa medida es beneficioso; el problema es cuando se vuelve rígido y se estructura de forma patológica.
El trastorno obsesivo compulsivo (TOC) puede ser leve, pequeñas manías; medio, rituales o pensamientos que limitan la vida de la persona pero no la bloquean; y grave, cuando es totalmente invalidante. Es entonces cuando el trastorno obsesivo compulsivo se convierte en un trastorno psicológico caracterizado por obsesiones mentales, compulsiones conductuales o mentales, o ambas a la vez.
Las obsesiones son pensamientos, imágenes o impulsos mentales que aparecen de forma repetitiva, intrusiva y, por supuesto, no deseada. Generan malestar, ansiedad, miedo o culpa porque están relacionadas con contenidos desagradables que no se buscan voluntariamente y van en contra de los valores de la persona.
Las compulsiones son conductas o actos mentales que la persona lleva a cabo para intentar reducir la ansiedad provocada por las obsesiones: prevenir que pase algo negativo (ritual preventivo) o reparar algo del pasado (ritual reparatorio). Sin embargo, el alivio que producen es temporal y va metiendo a la persona en un bucle sin fin, porque el TOC se refuerza a sí mismo. Un ejemplo:
En una clínica alemana había un chico que aplaudía continuamente. El psicólogo, extrañado, le preguntó por qué lo hacía. El chico le respondió que aplaudía para espantar a los elefantes, a lo que el psicólogo contestó que en Alemania no había elefantes. El chico, con un gesto condescendiente, respondió: “¿Lo ves? Funciona…”.

La lógica es aplastante: aplaude para espantar a los elefantes y no hay ninguno; por tanto, debe seguir aplaudiendo.
Si haces un ritual para prevenir que tu madre se muera, hay muchas probabilidades de que “funcione” y tu madre, efectivamente, ese día no muera; y eso se convierte en el problema: el ritual “ha funcionado” y tendrás que seguir haciéndolo.
El TOC no se supera a base de fuerza de voluntad, ni simplemente dejando de hacer las compulsiones o ignorando los pensamientos. Eso puede funcionar cuando son pensamientos no demasiado invasivos, pero no cuando la persona ya ha creado una dinámica con ellos. Para superar el TOC hay que entender la lógica que hay detrás: por qué lo hace, para qué lo hace, en qué momento…

El TOC no siempre se ve desde fuera. Muchas personas llevan una vida aparentemente normal mientras por dentro están luchando constantemente con sus pensamientos y rituales mentales. El sufrimiento puede pasar desapercibido durante años, pero, como se va reforzando a sí mismo, cada vez es más intenso y más difícil de manejar.
Entre las obsesiones más habituales se encuentran el miedo a perder el control de uno mismo para acabar haciéndose (tirarse por la ventana) daño o haciéndoselo a otros (clavar un cuchillo a alguien), el miedo a sentirse atraído por menores o a tener relaciones sexuales con familiares, el miedo a que el hecho de pensar algo lo haga realidad, la preocupación excesiva por la contaminación o las enfermedades, la duda constante sobre si algo se ha hecho bien o la sensación de responsabilidad exagerada.
También son comunes, en nuestra cultura cristiana, los pensamientos indeseados relacionados con la moral y la culpa. Lo importante es entender que tener un pensamiento no significa querer hacerlo realidad. Ni siquiera es algo que podamos elegir. Se habla de pensamientos intrusivos cuando, en realidad, prácticamente todos los pensamientos son intrusivos, porque no tenemos la capacidad de controlar nuestro propio flujo de pensamientos. De hecho, el fundamento de cualquier escuela de meditación es: no trates de controlar tus pensamientos; los controlas al dejarlos ir…

Las compulsiones pueden incluir comprobar repetidamente puertas, electrodomésticos o mensajes; lavarse las manos para quitar gérmenes un número concreto de veces (rituales numéricos); ordenar objetos de una manera concreta o repetir acciones hasta sentirse bien (rituales basados en la sensación); o acumular objetos de todo tipo (desde basura hasta calcetines, pasando por heces).
En otros casos, las compulsiones no son visibles, como ocurre con las mentales, que consisten en repetir frases internamente para prevenir o reparar, analizar situaciones una y otra vez en busca de certezas absolutas, o intentar frenar un pensamiento con otro. Estas son especialmente difíciles de detectar y suelen generar mucho malestar en quien las sufre.

El TOC puede adoptar formas muy distintas según el contenido de las obsesiones. No todas las personas con TOC tienen los mismos miedos ni realizan las mismas conductas.

No todas las personas con rasgos obsesivos tienen TOC. De hecho, tener rasgos obsesivos puede ser de gran ayuda para vivir en una sociedad como la nuestra, donde todo está pautado y medido. Por ejemplo, en la Edad Media un barco salía al amanecer: ¿qué es “al amanecer”? Hoy en día el tren sale a las 11:02 p.m. Otro ejemplo: hoy, para comprar cualquier cosa tenemos infinidad de posibilidades entre las que elegir, algo que complica enormemente decidirse por una u otra.
La clave está en el impacto en la vida diaria y en el sufrimiento que provoca en la persona. Dentro de un orden, la obsesividad trabaja para uno; pero pasado cierto límite, uno trabaja para la obsesividad, que genera un malestar intenso y limita la vida personal, laboral o social.
Sentirse atrapado en rutinas mentales o conductuales, necesitar constantemente tranquilidad por parte de los demás, evitar lugares o personas por miedo a perder el control, o vivir con una sensación continua de amenaza son señales claras de que algo no va bien.
No tiene mucho sentido buscar “la causa” del TOC. Por un lado, como vemos, hoy día todos somos un poco obsesivos e incluso tiene ventajas serlo; el problema es cuando se nos va de las manos. Por otro lado, un ser humano es algo tan complejo que difícilmente se puede encontrar una única causa para un problema psicológico (familia, escuela, experiencias, entorno, cultura, momento histórico…).
Además, está demostrado que gran parte de nuestros recuerdos son falsos, porque la memoria no graba, reconstruye y rellena huecos en función de las emociones del momento presente. En cualquier caso, encontrar la causa exacta no haría que el problema desaparezca: la persona vive sumergida en una dinámica muy resistente que no va a desaparecer por conocer cómo empezó.
Dicho esto, aquí van algunos de los factores implicados.
01
Factores psicológicos implicados
La intolerancia a la incertidumbre, la necesidad de control, la hiperresponsabilidad y la dificultad para aceptar pensamientos desagradables, juegan un papel clave en el mantenimiento del trastorno.
02
Factores ambientales y experiencias vitales
Situaciones de estrés intenso, cambios vitales importantes o aprendizajes tempranos relacionados con el miedo y la responsabilidad pueden actuar como desencadenantes.
El diagnóstico del TOC debe realizarlo un profesional de la psicología o la psiquiatría. No basta con identificarse con algunos síntomas.
La evaluación incluye entrevistas clínicas detalladas, análisis del tipo de obsesiones y compulsiones, así como su frecuencia, intensidad y grado de interferencia en la vida diaria.
Muchas personas confunden el TOC con ansiedad generalizada, hipocondría o depresión. Esto retrasa el inicio del tratamiento y aumenta el sufrimiento.
El TOC ha sido la bestia negra de la psiquiatría y la psicología. Hasta hace no mucho tiempo era prácticamente inabordable. Por el lado de la psiquiatría, no hay un fármaco específico para tratar el TOC: se usan antidepresivos, que en algunos casos pueden ser de ayuda, pero no como tratamiento propiamente dicho, sino como forma de tranquilizar a la persona.
Por el lado de la psicología, la corriente más importante hasta hace poco tiempo, la cognitivo-conductual, naufragaba con su énfasis en la razón y en “entender”, porque el TOC no es irracional: normalmente se parte de premisas acertadas que, llevadas al extremo, se vuelven destructivas.
Sin embargo, desde la terapia estratégica se ha desarrollado un protocolo específico para su tratamiento, probado en miles de pacientes, que ha demostrado su eficacia. La intervención depende del tipo de obsesión, de la persona o del daño que ha provocado en su vida…
El objetivo no es eliminar los pensamientos ni controlarlos, sino cambiar la relación que se tiene con ellos. Hay que tener en cuenta que, hasta cierto punto, el TOC procura ventajas porque da seguridad; el problema es el precio que tiene. Por otro lado, la persona debe aprender a tolerar la incertidumbre y el malestar propios de la vida.
Convivir con el TOC puede resultar agotador tanto para la persona que lo sufre como para su entorno. Con frecuencia es necesaria la implicación de la familia, sobre todo si hablamos de menores que aún dependen de sus padres.

La familia y la pareja a menudo participan sin querer en el TOC, porque la persona les acaba haciendo cómplices del problema y se involucran para tratar de aminorar su malestar, consiguiendo, por el contrario, cronificarlo.
Evitar situaciones temidas, buscar seguridad constante, tratar de controlar todo o intentar controlar los pensamientos refuerza el problema a largo plazo.
El TOC está rodeado de ideas erróneas que dificultan su comprensión y tratamiento.
Las personas con TOC pueden ser maniáticas o perfeccionistas, pero no todas las personas maniáticas o perfeccionistas tienen TOC. No hay que perder de vista que un toque maniático y perfeccionista, bien gestionado, puede tener muchas ventajas.
El perfeccionismo puede existir sin TOC y el TOC puede darse sin perfeccionismo. Reducir el trastorno a una manía banaliza el sufrimiento real.
Este pensamiento es una consecuencia del trastorno, no una realidad. El miedo no es una señal de peligro real, sino de ansiedad. Sin embargo, el TOC siempre gana, porque al actuar la probabilidad de que “funcione” (que no pase nada) es altísima.

Cuanto antes se inicie el tratamiento, mejor suele ser la evolución. El TOC no desaparece solo por esperar; al contrario, tiende a empeorar porque esa dinámica, hasta cierto punto, “funciona” y va absorbiendo a la persona.
La terapia permite recuperar tiempo, libertad mental y calidad de vida. No se trata de eliminar la ansiedad totalmente, porque la ansiedad es, hasta cierto punto, beneficiosa. Hay que conseguir que trabaje para ti, no tú para ella.
El proceso es gradual, personalizado y requiere implicación, pero los resultados suelen ser muy positivos cuando se trabaja con el enfoque adecuado.
Este es un caso real atendido con éxito en nuestra consulta de Bilbao. Para proteger su privacidad, el paciente se llama “Roberto” (nombre ficticio). Su historia muestra la efectividad de nuestro enfoque terapéutico en el Trastorno Obsesivo Compulsivo.
Roberto es un hombre de 66 años. de amplia sonrisa y muy afable. Jubilado desde hace un tiempo, disfruta de su gran hobby, la pintura. Viene a mi consulta porque hay un problema que, pese a llevar muchos años, más de 20, haciendo una terapia psicoanalítica, no ha conseguido solucionar.
Nunca ha pegado a nadie, pero tiene mucho miedo a perder el control y, en un impulso incontrolable, acabar agrediendo a alguien.
Por ejemplo, hace ya muchos años que no va al dentista por miedo a agredirle cuando está sentado en el sillón dejándose hacer. Si lo piensa fríamente, entiende que no hay mucho peligro: él, más bien pequeño y débil; su dentista, un percherón de 1,90 con 35 primaveras. Pero el miedo es irracional, y a pesar de que lo entiende todo (su relación con una madre castradora, la complicada relación con su hermano…) su miedo sigue ahí.
Y es que su problema, más que una causa, tiene una dinámica. Más que por qué empezó, tenemos que ver cómo se mantiene y se alimenta. Roberto, principalmente, hace una cosa: evitar. Evita pensar en la pérdida de control, en qué pasaría si realmente se diera el caso, pero paradójicamente eso le hace pensar aún más en ello (pensar en no pensar es pensar dos veces, porque para no pensar tienes que pensar en eso que no quieres pensar…), y evita las situaciones, como la del dentista, en las que podría pasar eso que teme. Y la evitación es la madre de todos los miedos.
Dice un antiguo papiro sumerio que, el miedo mirado a la cara se transforma en valor, mientras el evitado en pánico. Así que empezamos a trabajar con la técnica de la peor fantasía: dedicar un tiempo al día, medía hora, a tratar de evocar y pensar en todo lo peor que podría pasar si pierde el control y acaba agrediendo a alguien. Esto es una forma de empezar a afrontar eso que tanto miedo le da.
A la siguiente sesión, dos semanas después, aparece más relajado. Cuenta que, curiosamente, cuando trató de hacer la tarea y pensar voluntariamente qué es lo peor que podría pasar, le costaba mucho concentrarse, no conseguía sentirse mal, y la situación cada vez le parecía más absurda. Su miedo se empezó a transformar en valor.
El siguiente paso es hacer lo mismo pero ya no en su casa, sino a lo largo del día, cada 3 horas, dedicando 5 minutos a evocar ese miedo allí donde le pille. Al tratar de perder el control de sus impulsos voluntariamente, cada vez tenía menos miedo a perderlo,
Dos semanas más tarde, dice tener cada vez menos miedo, y encontrarse cada vez más sereno. Apenas piensa en su miedo a perder el control, y cuando lo hace le parece absurdo. De hecho, ha llevado una vida muy normal y empieza a considerar la posibilidad de ir al dentista.
Tres semanas después viene contando que ha ido al dentista y todo fue bien. Su miedo a perder el control le parece un mal sueño lejano.
No sabemos cuál fue la causa de su miedo, algo prácticamente imposible si tenemos en cuenta lo compleja que es una persona y la cantidad de cosas que le influyen. Sin embargo, ayudándole a salir de la dinámica que había creado, ha solucionado el problema en un tiempo más que razonable.
El trastorno obsesivo compulsivo es un trastorno psicológico en el que la persona experimenta pensamientos obsesivos recurrentes que generan ansiedad y conductas compulsivas destinadas a aliviar ese malestar. No es una manía ni una forma de ser, sino un problema de salud mental que puede tratarse eficazmente.
Los síntomas más habituales incluyen pensamientos intrusivos persistentes, miedo a perder el control, dudas constantes y conductas repetitivas como comprobar, limpiar, ordenar o repetir acciones mentalmente. En muchos casos, la persona entra en un bucle que le impide hacer vida normal.
No. El perfeccionismo o el orden pueden existir sin TOC. En el trastorno obsesivo compulsivo, las conductas y pensamientos generan ansiedad intensa y la persona siente que no puede dejarlos de hacer, aunque sepa que no tienen sentido.
Porque el TOC no depende de la lógica ni de la fuerza de voluntad. Se parte de premisas correctas que, llevadas al extremo, se vuelven disfuncionales. Hasta cierto punto, el TOC “funciona” y ayuda a la persona a manejarse, pero a partir de un punto se vuelve destructivo.
El TOC no tiene una causa única: tiene una dinámica. Intentar eliminar los pensamientos hace que aparezcan con más intensidad.
Sí. El TOC puede manifestarse de muchas formas: miedo a la contaminación, necesidad de comprobación, orden y simetría, pensamientos agresivos, sexuales o religiosos, entre otros. El contenido cambia, pero el funcionamiento del trastorno es similar.
Es recomendable acudir a un psicólogo cuando los pensamientos obsesivos o las compulsiones ocupan mucho tiempo, generan malestar intenso o limitan la vida personal, laboral o social. Cuanto antes se inicie el tratamiento, mejor suele ser la evolución.
Sí. El tratamiento psicológico especializado, especialmente la terapia estratégica, es eficaz. En algunos casos, si fuera necesario, puede combinarse con medicación.
No. No hay una medicación específica para tratar el TOC. Se usan mayormente antidepresivos como forma de tranquilizar a la persona. La medicación puede ser un apoyo en determinados casos, pero no sustituye la terapia en ningún caso, porque es ahí donde la persona aprende a manejar su mente y su comportamiento, y se resuelve el problema.
Aunque algunas personas consiguen adaptarse, el TOC suele cronificarse y aumentar con el tiempo si no se trata. El tratamiento permite reducir el sufrimiento y recuperar calidad de vida.
Sí. En nuestro centro psicológico, situado en Bilbao, somos especialistas en el tratamiento del trastorno obsesivo compulsivo y podemos ayudarte a entender el problema y abordarlo de forma eficaz y personalizada.
En principio, sí. La tecnología actual permite que la terapia online sea tan eficaz como la presencial. Sin embargo, cuando estamos ante casos muy graves o trastornos de personalidad, puede ser preferible la terapia presencial.
Si vives en Bilbao y sientes que los pensamientos obsesivos o las compulsiones te están superando, no tienes que afrontarlo solo. Con nuestro tratamiento psicológico es posible recuperar tranquilidad y calidad de vida. ¡Da el primer paso!
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