Llevo conmigo las heridas de todas las batallas que he evitado

Fernando Pessoa

 

El miedo es una de las herramientas que tiene nuestro organismo para ayudarnos a sobrevivir. Es una emoción que pone en marcha cuando percibe que hay algo peligroso, algo a lo que es mejor no acercase.

Esas herramientas hace mucho tiempo que las tenemos. Si tú coges un recién nacido del paleolítico (esa era en la que tus antepasados vivían en cómodas cuevas y en la que el supermercado tenía forma de ciervo corriendo), pongamos de hace 50.000 años, y lo pones a vivir en Bilbao en el 2018, se criaría como un niño normal y corriente.

Eso es debido a que nuestra genética apenas ha cambiado en los últimos 50.000 años, los cambios genéticos son muy muy lentos, lentísimos. Al contrario que nuestro entorno, que desde que llegó la agricultura, hace unos 9.000 años, dio un cambio mayúsculo.

  • Antes tenías que seguir a aquel ciervo o a aquel mamut para poder comer. algo que no sucedía todos los días.
  • Las noches era sinónimo de peligro mortal con todas aquellas alimañas rondando, mejor no salir.
  • Se vivía en húmedas cuevas
  • Se vivía en pequeñas tribus de unas 50 personas, sin las que era imposible sobrevivir

Ahora todo eso no existe, pero nuestra herramienta de miedo sigue preparada para aquel entorno

 

¿Qué quiero decir con esto?

Que tenemos un organismo diseñado para un mundo lleno de peligros que ya no existen. En ese entorno ser muy precavido era rentable. En el entorno de hoy día ser muy precavido suele suponer perder muchas oportunidades.

Cuando el organismo percibe que hay algo peligroso, algo a lo que es mejor no acercase, activa el miedo. Pero esa percepción, esa valoración no siempre se ajusta a la realidad de hoy.

El pánico y las fobias son formas de precaución ante estímulos o situaciones que tu organismo, en su afán protector, ha evaluado como peligrosas.

La manera de tratar esos errores cambia mucho según el tipo de psicólogo al que vayas. Puedes pasar años de psicoanálisis para determinar el supuesto origen de esos miedos, puedes hacer relajación para que tu cuerpo se amanse…

 

Pero también puede usar la lógica de la paradoja, la que más le gusta a tu organismo

 

Andrés es de Bilbao y tiene 46 años. Lleva de los 17 o 18, no recuerda exactamente, sufriendo espantosos ataques de pánico que han hipotecado su vida.

Tras visitar muchos psicólogos, renunció hace mucho a llevar una vida autónoma, ni siquiera se atreve a salir sólo de casa. Pero amparado por su mujer, amigos y familiares ha podido hacer muchas cosas que jamás hubiera hecho sólo, como alejarse de su casa más allá de la casona que hay a 300 metros, hacer viajes en coche o volar en avión.

Pero algo ha cambiado, con lagrimas en los ojos cuenta como su hijo pequeño va creciendo y se está empezando a dar cuenta de que su padre hace cosas raras.

Cosas que cada vez le es más difícil disimular. Se siente muy mal porque no quiere aparecer a los ojos de su hijo como un cobarde y lo que es peor aún, hace poco su hijo vivió un episodio de ansiedad en un ascensor.

No puede soportar la idea de ver a su hijo pasando por lo mismo que ha pasado y sigue pasando él. Además, se siente culpable porque cree haber sido un mal modelo para su hijo. Eso le ha llevado a buscar otro psicólogo.

– ¿Qué haces para superar el miedo?

– Cuando tengo que salir de casa tomo una pastilla y trato de tranquilizarme.

– Vamos a probar algo diferente. En vez de tratar de relajarte vas a programar tu miedo. No vas a esperar a salir por la puerta de casa muerto de miedo, vas a provocar tu miedo 3 minutos antes de salir de casa.

 

Tratar de programar y provocar los miedos, paradójicamente, hace que sea más difícil que se presenten. Con el paso de los días los miedos van disminuyendo

 

Cuando la mayoría de los tratamientos van enfocados a relajarse, esta técnica de Milton Erickson nos invita a hacer justo lo contrario con unos resultados excelentes.

Andrés tuvo que hacer un trabajo más extenso para asentar su mejora, pero esa forma de afrontar su miedo fue lo que le demostró que su miedo no era más que una equivocación a la que se le podía dar la vuelta.