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Enseñar a tu hijo que en esta vida los logros se consiguen a base de esfuerzo está muy bien pero no es la clave que le ayudará a dar lo mejor de si.

Si algo distingue al ser humano es la capacidad de superación. Desde que bajamos del árbol no hemos hecho más que aprender y evolucionar: cazar, fuego, cocinar, herramientas…
 

Nuestra mayor fuente de satisfacción es lograr objetivos, sentir que hemos triunfado por méritos propios

 
Nos viene de serie. Ya desde los 9 meses puede verse en los bebés lo que Kagan llamó la sonrisa maestra:

Esa sonrisa que aparece cuando el bebé logra coger ese objeto o mover aquel otro… sonrisa que quiere decir: lo conseguí, ¡yo molo!

Y todo eso a los 9 meses, cuando aún no sabe ni hablar. Es algo muy arraigada en nuestra naturaleza, ese instinto de aprender como funciona algo y dominarlo.

Todas las personas venimos con ese instinto y esas ganas de hacer cosas y hacerlas bien. Somos los descendientes de aquellos que evolucionaron a base de aprender y dominar.

Daños colaterales del aprendizaje con disfrute

La educación de los niños debería enfocarse a que lleguen a sentir esa satisfacción de ser buenos en la escuela, de sentirse competentes para que se involucren.
 

¿Qué tienen en común Bill Gates, Steve Jobs, Henry Ford o Warren Buffet?

 
No llegaron a ser los mejores por esforzarse mucho, que también. Lo que les distingue es que disfrutaban de lo que hacían, se sentían competentes y eso es lo que les llevó a esforzarse. Esforzarse sin ese fondo de satisfacción, de disfrute, de sentimiento de competencia, jamás llevará tan lejos. Imposible.

Puedes mirar cualquier disciplina, lo que distingue a los expertos es que son unos “frikis” de lo suyo, les encanta lo que hacen, se sienten competentes y no les supone un esfuerzo meter horas, les gusta. No son lo que son por mero esfuerzo.
 

¿Cuántos niños malos estudiantes lo son por falta de inteligencia?

 
Muy, muy pocos. Hay unos pocos por encima de la media, los superdotados; otros pocos por debajo, inteligencia límite. Pero la mayoría de las personas estamos en la media.

Lo que va a marcar la diferencia es el sentirse involucrado y competente en algo. La mayoría de malos estudiantes lo son por falta de interés, porque no llegan a sentirse competentes en la escuela. Eso hace que, año tras año, la brecha entre el que va aprendiendo y el que no, se vaya agrandando, pero no es por falta de inteligencia.

Esos niños a los que la escuela no les enganchó, esos niños que pasan de todo no tienen más problema que falta de sentirse competentes.
 

Sentirse competente es lo que marca la diferencia, no el esfuerzo

 
Da igual a que le lleves al mejor colegio o que le pongas el mejor profesor de refuerzo. Hoy día la información está al alcance de un click. Si está en un colegio sin recursos o con un profesor que no trasmite pero se siente motivado, buscará la información.

Si tiene todo a su alcance pero no está motivado, estará mirando el reloj a ver cuando acaba ese suplicio.

¿Has visto alguna vez un niño que juegue mal a los videojuegos “enganchado” a ellos?

Si está enganchado es porque se ha sentido bueno, porque es un reto para él. No se está esforzando, está jugando.

¿Has conocido alguna vez un experto en algo al que no le guste lo que hace?
 

La disciplina y las obligaciones son necesarias pero sin ese sentimiento de competencia, de disfrute, no va ser productivo

 
La clave para que un niño quiera estudiar es hacer que se sienta competente:

  • ¿Y esto lo has dibujado tú sólo?
  • ¿Has escrito todo esto?
  • ¿Cómo que ya te sabes el abecedario?

Los premios por las buenas notas deberían de exaltar las cualidades del niño, aquello que refuerce su visión propia de competencia, no asociándolos con regalos materiales.

Sólo hay una forma de que alguien quiera hacer algo: que quiera hacerlo.

Si quieres que tu hijo estudie haz que se sienta competente.