Mis hijas se odian

Laura es una mujer de 49 años que vive en Bilbao. Se casó con 26 años y es madre de dos niñas: Paula y Olivia. Se decidió a buscar un psicólogo porque según ella, hay un tema que se le está escapando de las manos.

Sus hijas se llevan muy mal entre ellas, discuten constantemente insultándose gravemente y diciéndose cosas horribles. Según sus propias palabras, se odian. Teme que algún día suceda una desgracia porque, de un tiempo a esta parte sus discusiones han subido de tono aunque no han llegado a las manos.

le genera mucha ansiedad ver que sus hijas, lejos de apoyarse y llevarse bien, se detestan

Paula tiene 18 años, es muy responsable, buena estudiante y tiene un carácter muy abierto. Olivia, de 16, es más reservada y no le gusta demasiado estudiar, pero va aprobando.

Txema, su marido, preocupado por su trabajo y el deporte, su hobby, no se involucra demasiado en la crianza de sus hijas y, aunque en alguna ocasión reconoce que esas peleas son intolerables entre hermanas, no trata de poner remedio.

A la pregunta de qué están haciendo para remediar las peleas, Laura explica que ha intentado de todo: castigos, discursos, explicaciones, no hacer caso... pero nada ha dado resultado.

Un error muy común es pensar que ya se ha intentando hacer todo lo posible, cuando en realidad son intervenciones del mismo tipo. Castigar, explicar, decir que pasas de ellas cuando en realidad estás atenta a que no hagan una barbaridad... forman parte de un mismo tipo de solución: arbitrar las peleas. Ellas tienen la seguridad de su madre está sujetándolas.

Y si hay un arbitro, ellas nunca toman la responsabilidad de la situación

Le pregunto a ver si fuera de casa se comportan también de esa forma, si suelen pegarse o si la forma de relacionarse con sus amigas es la misma que tienen entre ellas. La respuesta es clara: no, fuera de casa jamás se comportan así.

Le pregunto a ver cuántas de las veces que se han quedado solas, se han pegado. La respuesta es ninguna; se gritan y se dicen barbaridades, pero nunca han llegado a las manos. Le pregunto a ver si no le parece curioso que, de todas las veces que las ha dejado solas, ni una sola vez, han llegado a pegarse a pesar de no estar ella para remediarlo.

Pensativa responde que no ha ocurrido, y que incluso alguna vez se han apoyado, como cuando ella tuvo que pasar unos días por el ingreso en el hospital de su padre. Sin embargo sostiene que eso fue un espejismo...

A base de preguntas y de parafrasear sus respuestas, le hago ver que el problema se mantiene porque ella está ahí de arbitro. El camino al infierno está empedrado de buenas intenciones, y Laura, con la mejor de las intenciones, es la que mantiene el problema.

Cuando ella está presente, sus dos hijas tienen la seguridad de que su madre va a intervenir y se permiten licencias que no se permiten cuando ella no está. Le hago ver que si sigue haciendo de arbitro, ellas nunca tomarán la responsabilidad.

La solución pasa por rendirse. Ha de abandonar su papel de arbitro sin que parezca un castigo. Le digo que ha de decirles a las dos que no puede más, que se rinde, que sus disputas están acabando con su vida, que se ha dado cuenta de que no puede solucionar sus disputas.

sintiéndolo mucho, a partir de ahora sois libres para insultar, pegar o maltratar a la otra...

A la mínima discusión, Laura saldrá de casa y dejará que sean ellas las que se apañen. Son libres para hacer lo que consideren, pero tendrán que asumir las consecuencias de lo que hagan.

A las dos semana acude con una sonrisa de oreja a oreja: las peleas han desaparecido. La felicito por haber sido capaz de llevar a cabo la prescripción, y le prevengo de que ha de ser muy consciente de que no puede volver a caer en la tentación de ser árbitro de nuevo. Los padres, una vez que ven resultados, tienden a relajarse y a volver a actuar como antes.

La forma de relacionarse con ellas ha cambiado, ya no son niñas. Son adultas.

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