​​Se conoce más del amor por la infelicidad que procura, que por la felicidad misteriosa que aporta a la vida de los hombres 

Émilie du Chatelet

 

El sentimiento hacia el otro está de una parte determinado biológicamente, pero de otra fuertemente influenciado por la visión de cada cultura. Así, las necesidades, fantasías, pensamientos o convicciones de una asiático pueden ser muy distintas a las de un europeo.

En esta situación pueden crearse profundos desequilibrios y sufrimientos, que a veces se resuelven por sí mismos, pero otras acaban en cuadros patológicos. El mal de amores parece ser un problema habitual del ser humano, por no decir el más habitual, porque todo el mundo más pronto más tarde, sufre asuntos del corazón: no correspondido, correspondido pero acabado, platónico, imaginado… 

 

El amor y la moda

Según Arnau de Vilanova (1532), era la forma de locura más común de la edad media. Los médicos renacentistas lo definieron como la melancolía erótica (J. Ferrand, 1610). Esta tragedia está magistralmente descrita en la literatura, la pintura, la poesía, la música y en otras formas de expresión artística. El amor parece ser un tema atemporal.

Los asuntos del querer no están libres de modas, y conocerlo resulta complicado porque tiene demasiados ingredientes: es subjetivo y está condicionado por los contextos culturales o vitales. Desde el punto de vista histórico del amor romántico aparece después de la galantería del siglo XVIII, que seguía la estimación del siglo XVII, al amor platónico del XV, al amor cortés del XIII y al gentil del XIV.

 

Amor: algo más que biología

El desamor puede derivar en una patología cuando la persona se bloquea: la relación se ha acabado, no ha empezado, funciona aparentemente, es producto de la fantasía… Hay muchísimos ingredientes que contribuyen al mal de amores y llevan a frustración: desilusión, rabia, dolor, ansiedad o depresión.

Todos los males de amores tienen algo en común que está la base de todos los trastornos: el constructo teórico de cómo debería ser la relación en base a las necesidades individuales. Esto es, todas las personas tenemos un autoengaño de cómo debería ser la relación.

Tendemos a pensar que los comportamientos vinculados al amor son obvios y naturales. Sin embargo son mas bien producto de la educación y los condicionamientos culturales, históricos y sociales. Aunque el motor biológico sea el mismo, la forma en que las personas viven la relaciones varía enormemente. Las funciones sociales y culturales asignadas a la esposa, al marido, a la madre, o al padre, cambian enormemente de una cultura a otra.

En nuestra cultura los matrimonios son monógamos, cada individuo tiene una única pareja; sin embargo, en otros son polígamos o poligénicos, varias mujeres para un mismo marido; o poliándrícos, varios maridos para una mujer.

Los maridos, las mujeres, las madres y los padres culturales son muy distintos de los maridos, las mujeres, las madres y los padres biológicos. El amor se ha convertido hoy en día en un campo de investigación no solo para los psicólogos de Bilbao, sino también para biólogos, neurofisiólogos, bioquímicos, antropólogos y genetistas; todos en busca de los mecanismos que intervienen en la elección de pareja y en nuestro comportamiento amoroso.

La antropóloga Helen Fischer distingue tres fases o momentos vinculados entre sí:

  1. Enamoramiento: atraer al compañero
  2. Sexualidad: procrear 
  3. Afecto: criar a los hijos incluso cuando el enamoramiento se acaba

 

Cada cultura quiere de una forma

Este imperativo biológico, compartido universalmente, se expresa de distintas maneras. Todos amamos. Otra cosa es como amamos y como creemos que se debe amar. Siempre hay dos protagonistas (a veces más…), pero la película se desarrolla de manera muy diferente y puede cambiar totalmente si los protagonistas viven en occidente o en Oriente, son cristianos, católicos o protestantes. 

Nuestro concepto del querer esta fuertemente marcado por el catolicismo, y va unido a la entrega, al sacrificio y a la abnegación. Solo tenemos una palabra para referir a sentimiento hacia la pareja, al de un hijo o a la patria mientras el árabe dispone de más de 95 términos…

Por ejemplo en occidente primero nos enamoramos y después nos casamos. En muchos países orientales primero se casan y luego se enamoran. Esto del mito del amor apasionado es una evolución totalmente occidental, nuestro peculiar concepto del amor no existe en China. De hecho para el gigante asiativo, el verbo amar se refiere exclusivamente al sentimiento que une a una madre con el hijo, el marido no ama a la mujer, siente afecto por ella. 

Así, los problemas del corazón ni siquiera se plantean, por esto los chinos no comparten las eternas dudas europeas: será amor lo que siento, es mejor que me quede con fulano, es mejor que me vaya con mengano… No se sienten atenazados por desesperación o el dolor cuando descubren que han confundido el amor con el deseo de amar.

Mientras en Oriente a partir del siglo III d. C. hubo una gran producción de obras de refinada educación para el Ars Amandi (el arte de amar), partiendo de la convicción de que el placer es imprescindible en la vida en pareja y de la felicidad conyugal, en occidente se fue oscureciendo progresivamente este punto de vista, pasando por la tolerancia de la edad media a la intransigencia del concilio de Trento: los libros obscenos que tratan el amor sexual, debían evitarse por su capacidad de arrastrar al mal.

A finales del siglo XVI se producen en Europa unos acontecimientos que modifican notablemente la visión del concepto amoroso: las violentas guerras de religión donde los protestantes se separan definitivamente.

A partir de entonces, las concepciones paternas y maternas evolucionan de manera muy diferente en el norte y en el sur. Los marcos religiosos influyen en el modo de percibir la vivencia amorosa. En definitiva, si bien en el impulso biológico es universal, como amamos y como construimos nuestras convicciones, esto es, nuestro autoengaño de cómo debería ser el querer, está marcado profundamente por la cultura a la que pertenecemos: norte y sur, este y oeste, aman de manera distinta.

Se combinan presuntas certezas fruto del ambiente cultural de procedencia y de la relaciones personales individuales, llegando a elaborar así el más sorprendente de los autoengaños: la certeza del amor.

 

El autoengaño funcional

El objeto amado es considerado bueno y mejor que cualquier otro. A partir de esta postura el desengaño es muy probable. Algunas personas vagan incesantemente en busca de su compañero ideal, porque están seguros de que se encuentra en alguna parte del mundo simplemente porque lo han pensado o imaginado.

Podemos definir el autoengaño como un auténtico proceso de desilusión y decepción, una alteración emocional y cognitiva. En definitiva, un trastorno.Sin embargo, esto no quiere decir negativo. Es un inevitable proceso mental. Algunas veces funcional, otras no tanto:

  • Cuánto más flexible más funcional
  • Cuánto más rígido más disfuncional

 

Ser conscientes del autoengaño del amor, ayuda a mitigar el bloqueo ante la realidad del sentimiento. Esto no quiere decir no vivirlo, quiere decir vivirlo con un autoengaño más funcional.

 

Si quieres saber más, extraído de: Psicopatología de la vida amorosa. (Emanuela Muriana y Tiziana Verbitz).

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